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ESCUELA DE HISTORIA DE MANUEL PEREDA DE LA REGUERA

Por JOSÉ RAMÓN SAIZ

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Con motivo del Centenario del nacimiento de Manuel Pereda de la Reguera (Santander, 1919-1981) me invitan a escribir sobre su vida y sus pasiones como fueron nuestra historia, sus gentes, los artistas cántabros, nuestros pueblos y comarcas, o sea, la grandeza de nuestro territorio, paisaje y paisanaje.

Como historiador, su investigación plasmada en más de una treintena de títulos, se centró, fundamentalmente, en la historia del pueblo cántabro. A este respecto me permito ya esta conclusión: si en el siglo XIX parte importante de nuestra literatura corrió por las venas de José María de Pereda o Amós de Escalante, en el siglo XX el historiador de referencia tiene un nombre indiscutible: Manuel Pereda de la Reguera. 

Ya en su obra Liébana y los Picos de Europa, representantes de la sociedad lebaniega de los inicios de la década de los setenta, destacaron en la introducción su visión sobre la personalidad, amplia y diversa, de Manuel Pereda de la Reguera: Licenciado en Derecho; primer Diplomado en los Cursos de Periodismo de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo; Vicepresidente del Centro de Estudios Montañeses, Vocal del Seminario de Prehistoria y Arqueología, Cronista Honorario de Liébana y de Trasmiera, además de  Académico correspondiente de la Real Academia de la Historia, de la Real Academia de la Purísima Concepción de Valladolid y de la de Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba.

A estas responsabilidades hay que añadir, entre otras, su mandato al frente de la presidencia del Ateneo de Santander (1975-81), “una de las más activas de la historia del Ateneo, que Mario Crespo adjudica a la  “viva inquietud” de Manuel Pereda que impulsó una “etapa de iniciativas y proyectos de muy diversa índole” (1).

De todos estos cargos y actividades, destacamos por su importancia y proyección la de Académico Correspondiente de la Real Academia de Historia, propuesta que aprobó la Academia en sesión plenaria de 2o de febrero de 1954, acontecimiento que nos dice que con tan solo treinta y cuatro años ingresó como académico (2). La iniciativa surgió de un venerado intelectual de la época: Ramón Menéndez Pidal (1869-1968), académico de número desde 1912, gran discípulo de Marcelino Menéndez Pelayo, propuesta apoyada por los también académicos Luis Redonet López-Dóriga (1875-1972) y Ciriaco Pérez Bustamante de la Vega (1896-1975), que fuera en los años cincuenta rector de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.

Con esta elección por unanimidad de la Junta General de la Real Academia de Historia, el nombre de Manuel Pereda de la Reguera (1919-84) se unía a los del poeta y escritor, Amós de Escalante y Prieto (1831-1902); el cardenal  José María de Cos y Macho (1838-1919); Manuel de Bedoya, obispo electo de Oviedo (1770-1850); Ángel Calderón de la Barca y Belgrano (1790-1861), embajador y ministro plenipotenciario en Méjico; el segundo marqués de Comillas, Claudio López Bru (1853-1925); el descubridor de las Cuevas de Altamira, Marcelino Sanz de Sautuola (1831-1888); el escritor Enrique Menéndez y Pelayo (1861-1921); el investigador de nuestra Prehistoria, Hermilio Alcalde del Río (1866-1947); el Cronista de la Provincia, Ángel de los Ríos y Ríos (1823-1899); Mateo Escagedo Salmón (1880-1934), Cronista de Santander; Tomás Maza Solano (1891-1975), cronista oficial de Santander (1945) y director de la revista Altamira del Centro de Estudios Montañeses o, el director de la Hemeroteca Nacional, Carlos González Echegaray (1921-2013) (3).

Desde 1950, cuando apenas superaba los treinta años y ya había sido recibido en  la Real Academia de Historia, ha publicado veintiséis obras, en su mayor parte de investigación histórico-artística, pero también ha cultivado otras ramas; como novelista ha publicado dos obras, una galardonada con el premio Plaza, otras dos de poesía y varias guías turísticas. Este premio de novela Plaza le logró en septiembre de 1957 con su obra M-8634 El Laberinto, frente a otros dos finalistas. Votado también por el público –entre marzo y agosto de ese año- la obra de Manuel Pereda de la Reguera ganó ampliamente (4).

Otra faceta de Pereda de la Reguera, fue la de saber compatibilizar sus ocupaciones de investigador, con los quehaceres profesionales como escultor, faceta que inició con un período figurativo (1953 a 1972) y evolucionó hacia la abstracción a partir de su exposición en la Galería Illescas (1973) de Bilbao. Entre sus obras destacan los retratos del padre Jesús Carvallo, director del Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria; el de Ramón Sáez de Adana, en los Jardines de Pereda, o el de Gumersindo Laverde, de la Biblioteca Menéndez Pelayo.  Sobresalen especialmente su Puerta del Perdón y el Vía Crucis al aire libre en el Monasterio de Santo Toribio de Liébana (5)

Muchos años antes de que Cantabria se convirtiera en Comunidad Autónoma y recuperara su nombre histórico (1982), Manuel Pereda de la Reguera escribió unas elocuentes palabras que más o menos venían a decir que la identidad de los pintores de Altamira con las gentes de nuestro tiempo es la misma, es decir, unos y otros, comparten igual condición de cántabros.

En concreto, Pereda de la Reguera escribió lo que sigue: "La diferencia territorial, el peso de la historia, las gestas del viejo pueblo del que venimos, la personalidad de los hombres cuyos abuelos dieron nombre a los montes y al mar, es el objeto de este libro. Probar que algo de continuo, un lazo invisible y altamente diferenciado, une a los pintores de Altamira con las gentes de hoy: es decir, una identidad común".  El pueblo cántabro nace, pues, en los “albores de la humanidad”, tal y como afirma Pereda de la Reguera (6).

Respaldando esta tesis dejé constancia en un artículo que publiqué en las páginas de opinión de Alerta de 23 de marzo de 2000, es decir, hace veinte años, con el título de Altamira a nuestros días: una identidad común haciendo mías las aportaciones y conclusiones a las que había llegado nuestro historiador.

No es la primera vez que escribo sobre la importancia de este escritor e historiador cántabro que demostró una gran perseverancia en buscar, encontrar y relatar todos sus conocimientos sobre nuestras raíces, a veces tan desconocidas para los propios habitantes del territorio cántabro. Este reconocimiento nos llevó a un grupo de amigos con inquietudes comunes en la promoción y defensa de la historia de Cantabria -los cito: Luis Carlos López Portilla, Roberto Lavín Bedia, Diego Alonso, Isidro Rodríguez Castanedo y José Luis Fernández Gándara- a lograr en la reedición de una obra de su autoría que desde nuestra opinión se nos presenta como cumbre en la vida y actividad como historiador de Pereda de la Reguera (7).

Éramos conscientes de que, en su momento, se había agotado la edición a los pocos meses de ponerse a la venta. Se trata de un libro que merece la pena que se encuentre en las bibliotecas de todos los amantes de la historia de Cantabria, al tiempo que su reedición ha servido para impulsar un merecido reconocimiento a la memoria de su autor, que ya tuvimos oportunidad de expresar, con asistencia de su familia, en la exposición El Siglo de los Cambios desarrollada en Torrelavega con motivo del Centenario de Caja Cantabria  (8).

Su hija, la escritora Rosa Pereda en la introducción de la reedición de Cantabria, raíz de España, nos descubrió algunas de las claves del libro de su padre; así, fue redactado en su mayor parte diez años antes de su edición (1979), cuando el nombre de Cantabria era, todavía, un nombre tradicional, cargado de sentimiento, pero sin función digamos política, "salvo la de ser el banderín de enganche de la autonomía uniprovincial", afirma la hija del historiador (9). Pero, sobre todo, nos viene a decir que la clave del sentimiento de Pereda de la Reguera a la hora de trabajar en esta obra se basa en su firme convencimiento de  la grandeza histórica de nuestra tierra.

Bien puede afirmarse que Manuel Pereda de la Reguera, con toda seguridad, luchó como historiador por una verdad absoluta que desmenuzó después de concienzudas investigaciones. Su objetivo fue siempre el de dar valor a nuestra identidad, a nuestra historia. La permanencia de su obra, las tesis que siempre defendió devalúan muchos textos de conveniencia que se vienen publicando –algunos con dinero público- en contra de la historia de los cántabros, trabajos que siempre ignoran las brillantes páginas de historia cántabra forjadora de la construcción de España.

Pereda de la Reguera puso en pie una historia común sustentada en hitos fundamentales –toda una especie de gran trilogía- como los siguientes: 

1º) Cantabriacuna de la Reconquista.

Hace ahora cuarenta y siete años apareció en La Nueva España de Oviedo, firmado por Carlos María de Luis (10), un artículo con este expresivo título: “Alerta, asturianos, nos quieren robar a Pelayo”, a raíz de la aparición del libro de Manuel Pereda de la Reguera con el título Liébana y los Picos de Europa. Han pasado cuatro décadas y fallecido el historiador cántabro que tanto hizo por recuperar la historiografía montañesa y cántabra muy viva en los finales del siglo XIX, Pelayo aparece como patrimonio exclusivo de los asturianos. Mi reciente libro (2018) titulado Pelayo (Liébana, un Reino entre montañas), no deja de ser una continuidad de muchas de las tesis que defendió en su fecunda obra escrita Pereda de la Reguera.

Para Manuel Pereda de la Reguera, gran conocedor del territorio de Liébana, su orografía fue clave. El desfiladero de la Hermida en las técnicas guerreras del siglo VIII garantizaba destruir al ejército más poderoso a través de emboscadas. Son más de veinte kilómetros en los que entonces solo existía el río Deva y alcanzar el corazón de Liébana no era fácil si el enemigo estaba emboscado en las alturas. Si a ello añadimos los Picos de Europa y la bajada desde San Glorio, Liébana era aquél recinto que Amós de Escalante, como siempre compartió Pereda de la Reguera, se define como “alcázar que la Providencia labró a España para asilo de su libertad y de su independencia”, para añadir que ante las rocas de Liebana “se detiene la invasión, cesa la conquista, se quebrantan los yugos, toma treguas la muerte”.

Tanto la operación guerrera calificada como Reconquista y la Monarquía surgieron en Cantabria, tesis que está en la obra de Manuel Pereda de la Reguera. Gracias a ese gran murallón de La Hermida y a otros factores, se garantizó la seguridad de guerreros y monjes que se refugiaron en Liébana, ese país agazapado al pie de los Picos de Europa, encajonado entre montañas de dos mil metros y con un acceso principal, como es el Desfiladero de la Hermida, que se presenta como un impresionante monumento de roca de nada menos que veintidós kilómetros horadado por las aguas, muchas veces bravas, del río Deva sobre el que Benito Pérez Galdós –de quien conmemoramos este año el centenario de su muerte- escribió:  «Llaman a ésto garganta pero debería llamársele el esófago de La Hermida, porque al pasarlo se siente uno tragado por la tierra». De la tierra lebaniega –con la que tanto se identificó por su historia y territorio Manuel Pereda de la Reguera-  surgió este hecho histórico para extenderse hacia Asturias a medida que se conquistaban y dominaban tierras en poder del invasor (11).

No hay que olvidar que hasta el Sella llegaba el territorio de los cántabros (incluso el asturianista Sánchez Albornoz lo reconoce) y desde esa frontera natural hasta Galicia estaba bajo dominio musulmán, cuya posterior conquista fue dirigida y planificada desde Liébana. No puede sorprender que conquistada toda Asturias, León y Galicia la capital del reino que surgió en el recinto lebaniego se trasladara desde Oviedo a la capital leonesa y así, sucesivamente, a medida que la ampliación de fronteras avanzaba (12).

Si hace cuarenta y siete años un destacado asturiano reaccionó ante las justificadas tesis expuestas por Pereda de la Reguera sobre la figura de Pelayo, hay que afirmar que en tiempo el asturianismo ha proseguido con su estrategia de monopolizar esta figura legendaria, aun cuando Menéndez Pidal ha señalado que lo único que puede afirmarse es que Pelayo no era asturiano. Historiadores lebaniegos y asturianos polemizaron en el siglo XIX acerca de estas tesis (13), convocados en Picos de Europa por Ildefonso Llorente Fernández (1935-1905),         entonces director de la publicación torrelaveguense El Cántabro (1880-87).   

Ya sobre la batalla de Covadonga, hace medio siglo, concluyó en lo que ahora mismo afirman la gran mayoría de historiadores: que, en efecto, parece ser cierto que hubo una exageración de los hechos (14), que para Pereda de la Reguera se justifica por la importancia de esta contienda como embrión de la nación española, a lo que se une el siempre recurso a mano  de la lucha de un ejército pequeño frente a otro mucho mayor como un lugar común en las leyendas y la gesta de los héroes.

En todo caso, nadie discute que el Duque Pedro de Cantabria y Pelayo, desde Liébana, sumaron sus fuerzas para conquistar las primeras tierras asturianas y salir de Cantabria hacia Cangas (“afianzada en Cangas” pero desde Cosgaya (15), escribió Pereda de la Reguera) llegar a Pravia y, finalmente, a Oviedo donde Alfonso II el Casto, bisnieto del Duque Pedro de Cantabria y de Pelayo por ser nieto de Alfonso y Hermesinda, fijó la capital del reino, fundamentos históricos avalados por la Real Academia de la Historia que en un informe de 1916 ratifica que el verdadero tronco de los antiguos monarcas de la Reconquista, fue Pedro, duque de Cantabria... y que la Monarquía surgió en la indómita Cantabria. El cronista oficial de Asturias, Armando Cotarelo, así lo reconoce y  ratifica en sus trabajos sobre Alfonso III el Magno, editado en 1914 y reeditado en 1991.

Cuando ingresó como consejero de número en la Institución Cultural Cantabria lo hizo con una ponencia que condensa uno de los varios pilares de su posicionamiento como historiador: Cantabria como cuna de la Reconquista.

No vivió Pereda de la Reguera para ver con sus propios ojos –ante la pasividad nuestra, mejor dicho de nuestras instituciones- cómo en la comunidad vecina y a través del diario La Nueva España, de Oviedo, se ha venido editando un suplemento sobre la historia de la Monarquía Asturiana, cuando ésta nació en Liébana y de esta tierra era la familia de Pelayo de la que su hija Hermesinda se casó con Alfonso, segundo hijo de Pedro el Duque de Cantabria. Un hecho –este matrimonio que podemos calificar de conveniencia- que de manera irrefutable pone de manifiesto el pacto de Pelayo y del duque Pedro. En consecuencia, un acuerdo entre señores de Cantabria para extender y ampliar los límites del primitivo reino de Liébana. 

No vamos a entrar en esta ocasión sobre el debate en torno a la patria de Pelayo –en los finales del siglo XIX ya se generó una interesante polémica entre historiadores asturianos y montañeses-, porque el rigor nos dice que ni puede afirmarse que don Pelayo fuera astur ni tampoco cántabro; solo Menéndez Pidal se atreve a afirmar que en ningún caso era asturiano. Su padre, Favila, fue Duque de Cantabria y como entonces los nombres se transmitían de abuelos a nietos, el hijo de Pelayo tomó el nombre de Favila, reinó dos años y tras morir en una cacería, dejó el camino abierto al Rey cántabro don Alfonso, que casó con Hermesinda, hija de don Pelayo. Alfonso, que pasó a la historia como el primero de los Alfonsos y el título El Católico, era el hijo mayor de Pedro, Duque de Cantabria. Su otro vástago se llamó Fruela, que no debe confundirse con Fruela I, rey, hijo de Alfonso y Ermesinda.

En abril de 1980 José Luis López Aranguren presentó en la librería Antonio Machado, en su obra Cantabria, raíz de España, que tras calificarlo como «un libro apasionante» que «rompe con la visión tradicional de la historia de la Reconquista», hizo, con su peculiar humor, un recorrido por los puntos más conflictivos del libro: el origen no asturiano de Pelayo, el carácter de la Reconquista, los límites de Cantabria como territorio y el papel de los vascos (16).

Manuel Pereda de la Reguera no eludió en este acto las preguntas del presentador y del público. Afirmó que parece documentado que Pelayo era el señor natural de Liébana, y que este valle perteneció a los límites del territorio de los cántabros, y no de los astures, que terminaban en los bordes del río Sella. Señaló también que la historia tradicional es asturianista, particularmente la visión de Sánchez Albornoz, al que dijo admirar no obstante, y que esta historia tradicional olvida constantemente datos como más de treinta años de restauración visigótica en Asturias a partir de Covadonga, y todos los que significan la constante oposición de Cantabria, y más tarde Castilla, frente al espíritu visigoticista del reino astur-leonés.

 2º) Cantabrianacimiento del idioma castellano.

Gracias a su iniciativa en 1977 preparaba como historiador y escultor –otra de sus ricas proyecciones-  el primer milenario de la escritura del primer texto conscientemente castellano, las Glosas Emilianenses, que, según todos los indicios, Santander es, pues, el núcleo de la región en que nació el castellano.

Sostuvo Pereda de la Reguera en todo momento que las Glosas Emilianenses, son aclaraciones en castellano sobre un texto monacal latino hallado en el Monasterio de San Millán de la Cogolla, en la Rioja -viejo territorio cántabro- y que han sido fechadas a finales del siglo X. Eran a modo de aclaraciones en la lengua viva, sobre un latín muy primitivo, para aquellos frailes que ya no comprendían la vieja lengua vulgar del Imperio.

Las Glosas Silenses, -del monasterio de Santo Domingo de Silos, poco posteriores- constituyen un documento histórico y lingüístico de primordial importancia en tanto marcan la distancia entre el latín y el primer romance, y el primer documento conocido en que hay un uso escrito, no literario, de la lengua viva. Es decir, del primer castellano.

Desde un año antes pretendió Pereda de la Reguera convertir a Santander en capital del milenario del idioma castellano, con la organización –aparte otras iniciativas- de un Congreso Internacional de Linguística, para cuya organización se había solicitado la colaboración a la Real Academia de la Lengua.

Muchos años después de esta iniciativa –que quizás no salió adelante por estar España enfrascada en la transición política a la democracia- se defendió desde las más altas instancias de Cantabria el protagonismo de nuestra comunidad en el nacimiento de la lengua castellana (17), pues parece probado lingüística e históricamente que el idioma castellano, nace en el territorio de Cantabria si tenemos en cuenta que según Menéndez Pidal es en el territorio de los cántabros en el que se cambia el latín por el castellano. Un territorio que merece reafirmar que es el durante casi siglo y medio se encontraba la antigua provincia de Santander,

Pereda de la Reguera evoca el nacimiento de la lengua castellana en tierras cántabras como un hecho desconocido para los propios montañeses/cántabros, para añadir con esta contundencia que se trata de un “hecho sobradamente respaldado por la indiscutible autoridad de Menéndez Pidal” (18).

Esta misma tesis fue la que también mantuvieron los historiadores latinos, Marco Poncio Catón y Estrabon que delimitaron el territorio y la raza que dio nombre a un mar y una cordillera. Y Schulten y González Echegaray marcaron modernamente las viejas fronteras de manera inequívoca.

3º) Cantabria, origen de la Monarquía Española.

 Esta tesis es mantenida por Pereda de la Reguera con evidente precisión y rigor histórico que podemos encontrar en su libro Cantabria, raíz de España de Manuel Pereda de la Reguera, además del dictamen de la Real Academia de la Historia de 1916.  

Frente a este protagonismo de siglos, comunidades como la asturiana y la riojana han reforzado su papel en esos hitos históricos, lo que no aconteció en el siglo XIX cuando en la vieja Montaña se producen corrientes fructíferas de recuperación de ese protagonismo montañés y cántabro en la historia y la cultura.

Lo reconoce Alfonso de la Serna en su libro Visión de Cantabria (1995) cuando al evocar el origen montañés de Lope de Vega, Calderón de la Barca y Quevedo, escribe que "la Montaña siempre ha recordado a todos estos egregios "nietos" de su tierra, y en el siglo XIX, cuando se produce un cierto "renacimiento" cultural en Santander, los más esclarecidos ingenios de la ciudad no dejan de tenerlos en cuenta como si fueran una partida en el "haber" de la cultura montañesa y cántabra y, en todo caso, como un espejo brillante del árbol genealógico de la gente de Cantabria".

Esta misma tesis está recogida por Pereda de la Reguera en su obra Indianos de Cantabria –obra editada en 1968 por la Institución Cultural Cantabria- cuando escribe: “Todos llevan como meta el retorno, pero van dejando por los caminos su arte y su genio. Algunos no han de volver e incluso han de pasar oscuramente, siendo sus hijos quienes han de hacer patente esa contribución cántabra. Valgan como ejemplo los nombres de Lope de Vega, Calderón de la Barca y Francisco de Quevedo, tres figuras de la cumbre de nuestra literatura, que fueron hijos de montañeses que marcharon a la corte en busca de mejores acomodos”. Este origen cántabro y montañés ha dejado de reivindicarse desde hace muchos años, desvalorizando no solo la historia sino la contribución a las letras nacionales de “egregios nietos” de nuestra tierra.

Desde la delimitación del antiguo territorio de los cántabros - del río Sella a Castro-Urdiales, por la costa, adentrándose en tierras actualmente de Palencia y Burgos, "terreno donde se dará la conducta diferente del pueblo cántabro"; pasando por el Ducado de Cantabria, segundo punto vital de su idea al entender que de esa forma los cántabros se han dotado de una organización propia, original y continúa, además de origen de la Monarquía Española a través del tronco de Pedro, Duque de Cantabria, padre de Alfonso I el Católico; la Reconquista como iniciativa de valor y espíritu de independencia que surge de las montañas de Liébana y la vecina Asturias; además de la participación cántabra en otros hitos de la historia común de España, son parte de los contenidos de una obra que homenajeamos con su reedición dos décadas después de su aparición.

Lo verdaderamente grande se encuentra en las páginas del libro, una forma de testamento de Pereda de la Reguera, que falleció pocos años más tarde, que demuestra un sentido y profundo amor a la tierra natal, además de una mirada intensa que rebuscó en los datos, la bibliografía y en los archivos, la confirmación de sus hipótesis, de sus intuiciones y sus conclusiones, sencillamente geniales.

Desde el respeto a la historia -historia nuestra a favor de la que, parece, tan poca devoción ponemos- he intentado reiteradamente desde el aliento encontrado en muchas personas conocedoras de nuestro pasado, que se procediera a iniciar los trámites para la rehabilitación del Ducado de Cantabria, cuyo título ostentó el primer monarca, Alfonso I el Católico, hijo de Pedro, Duque de Cantabria, del que surgió la actual Monarquía Española y que posteriormente -el ya referido título- pasaría a su hermano Fruela.

La iniciativa se documenta con las crónicas de la época, los trabajos de historiadores –Manuel Pereda de la Reguera, Tomás Maza Solano, Mateo Escagedo y Joaquín González Echegaray-; la no menos aportación de los historiadores asturianos que reconocen y valoran el origen cántabro de la Monarquía, lo que es significativo y elocuente, sin olvidar a figuras relevantes como Sánchez Albornoz o Emilio Alarcos, que sustentan las mismas tesis. Historia rica, auténtica, que es merecedora del reconocimiento por parte de las instituciones, como hacen vascos, asturianos, catalanes o gallegos con hitos memorables de su identidad histórica.

En la gran obra conmemorativa del XL aniversario de la creación del Centro de Estudios Montañeses (1976), Manuel Pereda de la Reguera escribió una gran aportación histórica con el título La Monarquía Cántabra que se presentó como una de las comunicaciones leídas con motivo de la efemérides. Sus primeras palabras son elocuentes en cuanto a su papel en el renacimiento de la historiografía montañesa y cántabra: “Nadie ha tratado, y hora es de hacerlo, de dar carta de naturaleza cántabra al nacimiento de la Monarquía Española. Estamos demasiado apegados a los relatos histórico tradicionales y levanta polvaredas cualquier intento de reajuste, aun cuando la Historia es ciencia viva que diariamente avanza determinando con más claros perfiles el pasado”. Pereda de la Reguera no duda en señalar que la Monarquía nace en Cosgaya –donde hoy se levanta el único monumento en Cantabria a Pelayo- y “se afianza en Cangas”.

La lectura de estas reflexiones pone de manifiesto, igualmente, que Pereda de la Reguera no estaba a favor del inmovilismo de la historia como ciencia, sino todo lo contrario. Reclamaba su reajuste ante un tratamiento lesivo para la verdadera dimensión de nuestro pasado en el relato de hitos históricos En su obra Indianos de Cantabria (1968) ya había definido esta idea con más precisión: “La historia es como un río, cuyo cauce se forma y engrandece al recibir la corriente de sus afluentes y de los mil arroyos que le son tributarios. La historia de una región determinada viene a ser para la historia patria como uno de esos afluentes”.

Partiendo de su gran obra sobre historia de Cantabria desde tiempos remotos, es legítima la pregunta sobre quien era políticamente hablando Manuel Pereda de la Reguera. Sin duda, no fue un nacionalista y, desde luego, fue todo lo contrario de lo que hoy representa este término. Como afirma su hija, la escritora Rosa Pereda, en la introducción de la reedición de Cantabria, raíz de España, conocedora como nadie de su espíritu e ideas, "de haber elegido otro camino que no fuera la investigación histórica, hubiera seguido por la línea foralista y regionalista de su pensamiento juvenil". Pero, insisto, para mi todo esto no es importante.

Como la especulación es una vía siempre fácil, nada mejor que recurrir a un texto que el propio Manuel Pereda de la Reguera dejó escrito en las primeras páginas de su obra cumbre Cantabria, raíz de España (19):

“Yo soy enemigo de la palabra nacionalidades, digo que las circunstancias que debe tener una zona para ser una nacionalidad, las tiene todas Cantabria. Porque tiene su idioma y su historia, más enraizada que la de otros pueblos que piden nacionalidad y que invadieron dichos territorios en el siglo V…”.

Pereda de la Reguera, si nos atenemos a cuanto investigó y escribió, podía ser partidario de la definición de Cantabria como Comunidad Histórica, siempre que esta afirmación no tuviera connotaciones políticas. Y afirmo que sería partidario porque todo su legado es lo que sustenta esa definición. En este sentido, hay que situar la obra en su contexto cronológico. Se trata de un tiempo en el que España aún no tenía una Constitución democrática y el debate sobre una Cantabria con Estatuto y, por tanto, autónoma, tenía detractores, además de estar lejana en tiempo político, que no cronológico.  

Tampoco sabemos si Pereda de la Reguera sintonizaba con las inquietudes de alcanzar un Estatuto de Autonomía al amparo de la Constitución de 1978. Nunca renunció a su visión de Castilla. Tampoco me parece un dato relevante para la elaboración de estas reflexiones. Lo importante y trascendente, desde mi punto de vista, fue su pasión por la historia de Cantabria, sus trabajos para proyectarla a la sociedad, su capacidad investigadora y su amor a nuestra tierra, Cantabria, y a la patria grande, España.

Toda su obra parte de un principio que José María de Pereda definió con estas palabras: “El grande amor a la patria común tiene todas sus raíces y sus elementos nutritivos en el entusiasmo por la patria chica; que no puede ser ciudadano de ningún estado quien no repute a su terruño natal, por pobre y mísero que sea, por el mejor pedazo del mundo conocido”.

Ese pulso y esa voluntad creadora que en distintas etapas históricas demostró el pueblo cántabro en favor de un proyecto de Nación Española, es recogido con rigor y brillantez por Pereda de la Reguera en sus obras, de las que sobresale con luz propia el título que se ha reeditado con la colaboración de Caja Cantabria, así como en otros trabajos de gran significación histórica, ya que este hombre fecundo y activo fue un historiador generoso, tenaz y desprendido.

Manuel Pereda de la Reguera afirmó bien y con criterio fundamentado, que Cantabria tiene ganado y merecido ese rango en lo cultural e histórico, desde un sentido positivo y constructivo en favor de la idea de España como nación. La lectura de las obras de Manuel Pereda nos dicen con extrema nitidez que la historia de Cantabria no es pura leyenda y que historiadores como él han construido un  relato no desde la ficción sino a través de las fuentes documentales comprobadas y al alcance de todos los que expresen inquietud e interés por estos temas.

Esta es la tesis de algunos que no saben o no quieren aceptar propuestas de peso y contenido histórico. Así nos fue en el pasado cuando hasta el siglo XVIII no se pudo desmontar -y lo hizo el burgalés padre Enrique Florez- la tesis vasca y de sus historiadores afines consistente en que el antiguo territorio cántabro que con tanta dignidad y valor heroico luchó contra Roma no era el que nosotros habitamos, sino el de los vascos, del Nervión a Fuenterrabía. ¡Eso si que era "robarnos" la historia!, operación que en su tiempo contó con la complicidad de historiadores de aquí, hasta que el Padre Florez desarticuló la "ficción" vasca y demostró que el pueblo cántabro que mantuvo a raya a las legiones imperiales romanas estaba instalado en lo que es hoy Cantabria (en el lugar de las fuentes del río Ebro, según los escritores latinos), como ratifican todos los descubrimientos arqueológicos sobre aquella gloriosa historia de nuestro pueblo.

El "espíritu" del XIX del que fueron grandes protagonistas Menéndez Pelayo, José María de Pereda, Macías Picavea y Amós de Escalante, entre  otros, ha tenido continuidad en el siglo XX con Manuel Pereda de la Reguera al que se unieron Tomás Maza Solano, Mateo Escagedo Salmón, Joaquín González Echegaray o Benito Madariaga de la Campa.. Aquella egregia generación de cántabros, enamorados de su tierra cántabra pero también patriotas españoles, ha tenido una continuidad en el pasado siglo. Cierto es que se ha podido avanzar mucho más, si observamos que, teniendo por primera vez, instituciones de autogobierno propias, hemos obviado o no hemos dado todo su valor y trascendencia a la historia. Historia nuestra, que hemos recibido como legado de nuestros antepasados.

Evocando su obra Liébana y Picos de Europa (1972) debemos señalar que no fue solamente una guía turística. Con una gran lucidez y haciendo dominio de la historia,  nos desgrana recuerdos de hechos históricos, de los hombres importantes, de las casas solariegas o los viejos cenobios medievales ya desaparecidos. Junto a la exposición detallada de su geografía, con minuciosa descripción orográfica, anticipa una ajustada relación de su importante historia, de su folklore, deportes, fiestas y cuanto constituye y configura la vida y el ambiente de sus hombres.

 

Paso a paso, Pereda de la Reguera nos muestra todas las rutas lebaniegas con minucioso registro, comparable al que José Antonio Odriozola empleó en sus infinitas caminatas por las tierras altas de la Liébana o el estudio a fondo de su historia y de la influencia celta que siempre ha valorado el doblemente académico –de las Reales de Jurisprudencia y Legislación y Doctores- Ángel Sánchez de la Torre, catedrático de Filosofía del Derecho, fallecido nonagenario cuando escribo estas líneas (20).   

 

Cronista Honorario de Liébana por bien merecidas razones de las que destaco sus libros y su generoso trabajo en favor de los intereses de la comarca, revalorizando la historia de Liébana e impulsando la celebración en los años sesenta del Año Jubilar en cuyas tareas colaboró redactando los textos de la conmemoración.

 

Fue un año decisivo ya que a la bula concedida en 1512 por el papa Julio II,  Pablo VI amplió los derechos jubilares del Lignum Crucis de Santo Toribio de Liébana y la conmemoración no solo ganó en lo religioso sino en lo turístico. Por tanto, sólo podemos hablar de Año Santo Lebaniego en sentido estricto cuando el papa Montini amplía el viejo privilegio del jubileo semanal a todos los días del año, comprendidos desde el 16 de abril que coincida en domingo hasta el mismo día del año siguiente. Aquella decisión papal fue solicitada por los padres Franciscanos con el fin de celebrar el Año Santo durante los 365 días siguientes, petición que El Vaticano no solo concedió sino que, además, ordenó perpetuar para mayor gloria del cenobio y de la religiosidad tradicional de Liébana.

 

Este gran acontecimiento no escapó a la agudeza de Pereda de la Reguera ya que por aquel tiempo realizó un amplio estudio de revalorización histórica de Liébana, programando y proyectando una serie de Hitos Históricos que se ha iniciado con el patrocinio del Ministerio de Información y Turismo y de la Diputación Provincial de Santander, siendo suya también la redacción de los textos publicados con ocasión del Año Jubilar de 1967 y del editado posteriormente por la Dirección General de Turismo.

Pero su labor en pro de Liébana no se quedó únicamente en el terreno de la investigación histórica. En un artículo publicado en Luz de Liébana de marzo de 1967, se recoge la encomienda que recibió como escultor de proyectar y ejecutar la nueva Puerta del Perdón, una iniciativa de evidente valor cultural y artística que fue sufragada por Agustín Quintana, persona que dedicó gran entusiasmo y dinero a la reconstrucción del Monasterio.

La idea inicial fue la de construir una puerta en bronce que llevara representado, en su cara exterior, el relicario del Lignum Crucis y las figuras de San Beato y San Francisco, fundadores y emblemas  de las dos órdenes  bajo cuyas Reglas  se ha desarrollado la vida monástica de Santo Toribio.  Pero al final, por exigencias técnicas más que económicas, la puerta fue de roble con su cara exterior tallada con los autorelieves del Lignum Crucis y de los quince santos en bronce. Finalizada a tiempo por Pereda de la Reguera, la Puerta del Perdón fue inaugurada el 16 de abril con motivo de la apertura del Año Santo Lebaniego.

Un hecho importante y trascendental para el Monasterio y el Año Jubilar Lebaniego, en línea con el que tuve la fortuna de impulsar como Presidente de la Comisión del Centenario de Caja Cantabria, dotando en 1999 a este gran centro de religiosidad e historia, de un órgano del que carecía y que se adquirió a una parroquia de Viena. Siempre tuve presente que al carecer el Monasterio de un órgano, faltaba esa solemnidad que la música aporta a momentos de trascendencia religiosa que todos esperamos de un centro cristiano de primer orden.  Con esta decisión felizmente ejecutada quise completar las aspiraciones de Manuel Pereda de la Reguera sobre este gran centro de valor histórico y religioso.

Esta muestra-exposición de la Vicepresidencia y Consejería de Cultura en la Biblioteca Central de Cantabria representa un acto de justicia con la trayectoria de un historiador que siempre tuvo como norte investigar y trabajar por la historia de Cantabria como dejó patente en toda su obra y, especialmente, en alguno de los títulos como el ya mencionado de Cantabria, raíz de España. Manuel Pereda de la Reguera es uno de los grandes historiadores del siglo XX y siempre tendremos que lamentar su prematura muerte –con tan solo 62 años- que le impidió, sin duda, llevar a cabo otros proyectos de recuperación de nuestro pasado.

Una recuperación en la que él trabajó denodadamente, cuando no estaban al alcance de los investigadores muchas técnicas que hoy son de uso normal y que permiten muchas veces que desde el sofá de casa se puedan investigar hechos de gran relevación histórica. Cuando murió don Manuel aún no había revolucionado nuestras vidas y nuestro trabajo lo que conocemos por era digital. Entonces cualquier avance en el trabajo de investigador obligaba a horas de sacrificio y perseverancia, lo que afortunadamente no siempre ocurre actualmente. Me imagino, por ello, lo que podría haber investigado Manuel Pereda de la Reguera si hubiera contado con las herramientas de hoy en su trabajo y quehaceres por rebuscar y construir esa historia de nuestra tierra, tarea a la que con tanta grandeza humana y honradez se entregó sin dar pausa a su propia vida.

Su espíritu creador e innovador se dejó notar en su etapa de presidente del Ateneo de Santander. Entre sus iniciativas pueden destacarse desde el reconocimiento a cántabros en España y en el mundo en los diferentes campos de las letras, artes y ciencias a la creación de premios literarios y poéticos. Sobre el reconocimiento a personas de la tierra, se hacía mención a los méritos relevantes, entendiéndose por mérito no sólo la labor profesional, sino también aquella realizada en servicio, beneficio o enaltecimiento de la comunidad en general.  La entrega del galardón a las personalidades montañesas de cada año se realizaba en el transcurso de una cena que se celebraba en el Hotel Bahía.

También instituyó el premio al libro del año. Según las primeras bases, publicadas en noviembre de 1976, este galardón que pretendía "distinguir públicamente a aquella o aquellas obras que, a juicio de relevantes críticos y especialistas en cada materia, ofrecieran mayor importancia y servicio para el conocimiento de Cantabria en cualquier aspecto de su cultura” fallo que se deba a conocer la noche anterior al 23 de abril, Día del Libro. Igualmente al premio de novela Ateneo unió el de poesía, que llevó el nombre del poeta torrelaveguense  Miguel Ángel de Argumosa. En las bases se establecía que los poemarios, escritos en castellano y con una extensión entre 500 y 700 versos, debían ser rigurosamente inéditos, dándose a conocer el fallo el sábado anterior al  21 de marzo, Fiesta de la Primavera.

Además de estas iniciativas dirigidas a revitalizar el Ateneo, Pereda de la Reguera creó nuevas disciplinas en las secciones habituales de trabajo, como Farmacia, Veterinaria, Ciencias Biológicas y Geológicas, Fotografía y Televisión. Incluso proyectó la creación de una sección de Regionalismo en unos momentos en los que se demandaba un Estatuto de Autonomía, iniciativa de debate que truncó su enfermedad y muerte (21).

Termino manifestando que somos muchos los que dedicados a la escritura, tenemos a Manuel Pereda de la Reguera como un maestro a seguir en su incansable trabajo en la investigación de una historia que sigue inacabada, aunque Pereda de la Reguera escribiera una buena parte de sus sólidos cimientos.  En esa nómina larga de estudiosos que admiramos y reconocemos la obra de Pereda de la Reguera ya afirmo que me incluyo.

Fallecido el 6 de abril de 1981 con su desaparición “hemos perdido todos", si bien con su extensa obra de investigación hemos ganado todos los cántabros. Entre todos, gracias a su dilatada y generosa herencia, hemos hecho justicia a un historiador que merece un reconocimiento general por su obra y la calidad de sus contenidos que engrandecen el valor histórico de Cantabria y España.

Estudios como los también dedicados a Bartolomé de Bustamante Herrera (1950), Rodrigo Gil de Hontañón (1951), Juan de Nates (1953) o Francisco Díaz de Rivero (1954), son otras tantas incursiones en la arquitectura montañesa de los siglos XVI y XVIII y una de las bases de su trabajo, pionero en la defensa del patrimonio artístico. A él, cuyos estudios universitarios, habían sido fundamentalmente de Leyes, pero que nunca ejerció directamente como abogado, se debió a la creación de las categorías de monumentos regionales y provinciales, un paso importante para su protección por el Estado, en el que participó personalmente como Secretario General de la Comisión Provincial de Monumentos y con activas y eficaces campañas de prensa.

Por sus trabajos de investigación histórica, sus muchas colaboraciones en prensa, conferencias y publicaciones, la personalidad amplia y plural de Manuel Pereda de la Reguera es bien conocida, apreciada y sentida pues está en el mismo corazón de la gran historia de Cantabria, partiendo de que como él mismo afirmó no se puede considerar su protagonismo y participación “como un simple afluente de la historia de España”, desde su prehistoria y sucesivas etapas en las que nuestra tierra aporta un “caudal” decisivo.

¿Se puede estar en desacuerdo con algunas de las tesis defendidas por Manuel Pereda de la Reguera? Por supuesto. Pero sus grandes argumentos están ahí, inamovibles, pues se puede deducir, sin error, que “cuando los cántabros aparecen en la historia, cuando nadie había logrado aún dominar su territorio, su nombre era temido y respetado, y su personalidad era tan fuerte  que se impone sobre la de los territorios vecinos hasta el punto de dar su nombre a todo  un mar, entonces de gran importancia, y a toda una cordillera”.  Ahí es nada.  

Termino esta colaboración sobre Manuel Pereda de la Reguera reiterando que fue todo un ejemplo en sentir y amar a la tierra natal, tan fuerte que me lleva a recordar este pensamiento que en forma de fuerza creadora nos legó José María de Pereda (22):  

"Siendo La Montaña mi tierra madre, todo me parece poco para pintarla y hasta para "traerla en boca": porque quisiera yo que todos la vieran, la sintieran y la amaran como yo, que la tengo en la masa de la sangre".

Este es uno de los sólidos fundamentos el gran sentimiento que sobre historia de Cantabria encontramos en la obra de Manuel Pereda de la Reguera pues como escribiera Unamuno “para conocer una patria, un pueblo, no basta conocer su alma, lo que dicen y hacen sus hombres; es menester también conocer su cuerpo, su suelo y su tierra”.  

 

NOTAS 

1. Crespo López, M. en su obra El Ateneo de Santander (1914-2005), p. 121. Centro de Estudios Montañeses. 2006.

2. La Academia de la Historia y la Montaña, por Antonio Vargas-Zúñiga, p. 91. Obra conmemorativa del XL aniversario del Centro de Estudios Montañeses de la Institución Cultural Cantabria. 1976.

3. Ibidem, de Antonio Vargas Zúñiga en la op. cit., pp. 19-96.

4. La Vanguardia de 20 de septiembre de 1957, p. 16. La crónica termina así: “Requerido el notario para proceder al recuento de votos, fue hecho público el siguiente resultado: «El Laberinto», 1.192 votos; «Todos somos accionistas», 851. y «Veinte aspectos del amor», 466. En consecuencia fue proclamado vencedor don Manuel Pereda de la Reguera, de Santander, autor de la novela «El Laberinto» a quien, telefónicamente, se comunicó desde la propia emisora el triunfo que acababa de obtener”. También encontramos referencia de este premio dotado de 75.000 pesetas en ABC de 20 de septiembre de 1957, p. 27.

5. Gran Enciclopedia de Cantabria (Cantabria 102 municipios), que dirigió a partir de 1985 el escritor y doctor en Periodismo, Jesús Pindado Uslé, en aquellos años columnista de El Diario Montañés. En esta primera edición se lanzaron VIII volúmenes.

6. En su obra Cantabria, raíz de España, reedición Comisión del Centenario de Caja Cantabria. 2000.

7. De los escritores y el editor citados que promovieron la reedición de la obra Cantabria, raíz de España, ha fallecido Diego Alonso Rodríguez, presidente que fue de la Sociedad Cántabra de Escritores, poeta, autor del poema histórico titulado Brigantia (antiguo nombre de Julióbriga).

8. Durante 1998, dentro de los actos conmemorativos del Centenario de la fundación de la entidad de ahorro se desarrollaron numerosas actividades culturales y varios proyectos expositivos entre los que se encontraba la ambiciosa «El Siglo de los Cambios. Cantabria 1898-1998» presentada en la Feria de Muestras La Lechera de Torrelavega. En el transcurso de la misma –de agosto a noviembre- se celebraron jornadas en homenaje a biografías brillantes de Cantabria, destacando la dedicada a Manuel Pereda de la Reguera. A través de esta gran exposición se proporcionaba al visitante una panorámica de la evolución económica, industrial, técnica, social y cultural que ha experimentado Cantabria en cien años.

9. Pereda de Castro, R. en su prólogo para la reedición de Cantabria, raíz de España, p. 14. Comisión del Centenario de Caja Cantabria. 2000.

10. Doctor en Filosofía y Letras, periodista y dibujante. Desde 1963 a 1969 fue jefe del Servicio de Investigaciones Arqueológicas de la Diputación Provincial de Oviedo, además de director del Museo Arqueológico de Asturias. Dejó la arqueología por el periodismo, trabajando en la redacción de La Nueva España hasta 1984. Privatizado este medio optó por la Administración, ejerciendo en el Gabinete de Prensa de la Dirección Provincial del Ministerio de Educación y Ciencia.

11. Saiz Fernández, J.R. en su obra Pelayo, Liébana un reino entre montañas. Ediciones Los Cántabros. 2018.

12. Alfonso II el Casto fue el último rey de Asturias, bisnieto de Pelayo y de Pedro duque de Cantabria. Fue el último rey descendiente directo de don Pelayo. Por su parte, Ramiro I fue el primer monarca de León, era bisnieto de Fruela, hijo mayor de Pedro Duque de Cantabria.

13. Saiz Fernández, J.R. en su obra El Ducado de Cantabria, El origen de un Reino (2002), pp. 68-70, notas 22 y 24.

14. Historia y Vida en La Vanguardia de 8 de diciembre de 2019. El reportaje señala, como conclusión, que los historiadores cuestionan el término porque lo consideran más fruto de la ideología que de la realidad.

15. Pereda de la Reguera, M. de su comunicación La Monarquía Cántabra, p. 289 de la obra XL Aniversario del Centro de Estudios Montañeses. 1976.

16. Aranguren presentó el libro “Cantabria, raíz de España” en El País (sección de Cultura) de 1 de mayo de 1980 

17. El Gobierno de Cantabria editó en 2007 el libro “El culto a San Millán en Valderredible”, del investigador y profesor de la Universidad de Tennessee (Estados Unidos), Gregory Kaplan, quien sitúa en Valderredible el origen del castellano.

 

18. Ibidem, Cantabria raíz de España de Pereda de la Reguera, op. cit. p. 20.

19. Este texto puede  encontrarse también en El Diario Montañés de 17 de enero de 1979.

20. Ángel Sánchez de la Torre (1929-2019) fue académico de las Reales Academias de Jurisprudencia y Legislación y Doctores de España. Estela de Oro de las Letras de Cantabria 2018. Ver obituario del también académico, poeta y escritor,  Pedro Crespo de Lara, en ABC de 28 de diciembre de 2019.  

21. Ibidem, Historia del Ateneo de Santander (1914-2005), de Mario Crespo, op. cit. p. 121.

22. De mi conferencia con el título El carácter montañés y cántabro en la obra de Pereda. Una visión desde el siglo XXI, pronunciada en la Biblioteca Municipal de Polanco, organizada por el Ayuntamiento. 4 de octubre de 2001, también en la Biblioteca y con motivo de la donación de obras y documentos sobre Pereda, se celebró una conversación a modo de entrevista entre José Ramón Saiz y Anthony H. Clarke (director de las Obras Completas del escritor de Polanco) sobre cuestiones relacionadas con la obra Peñas Arriba. Ver mi artículo José María de Pereda: un legado en abandono en Alerta de 30 de junio de 2001.

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