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JUAN HORMAECHEA Y EL PROGRESO DE CANTABRIA

Por JOSÉ RAMÓN SAIZ

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MUCH@S AMIG@S DE FACEBOOK valoran o al menos comentan que con frecuencia relato la pérdida de personas a las que tengo afecto o cuentan con mi personal reconocimiento. Quienes me tienen identificado, seguro que muchos esperan de un momento a otro que aparezca con un escrito y también otros, los menos, piensan en alguna razón para no salir del silencio en estas horas al no pronunciarme sobre el triste hecho del fallecimiento, hace unas horas, de Juan Hormaechea.

La vida, la de todos, discurre por circunstancias que no podemos dominar. Esta mañana recordaba con satisfacción que hoy, 1 de diciembre, de hace 53 años, comencé mi vida laboral como aspirante administrativo en la Fábrica de sacos Ángel Soldevilla en Las Caldas de Besaya. Cuando pensaba en este pasado que tanto marca la vida de un chaval que entonces tenía 14 años, José Francisco Abando me mandó un wassapp, sobre las nueve de la mañana, para informarme de la muerte de Juan Hormaechea. Lacónicamente, me escribió: “El Presidente ha muerto”. He citado a Abando porque es muy de agradecer su personal dedicación a Juan Hormaechea en estos años. Esa lealtad que ha demostrado tiene que tener el supremo premio del agradecimiento porque la fidelidad es un trabajo impagable.

Glosar en unas líneas la personalidad de Juan Hormaechea no es tarea fácil, ni posible. La dimensión de Hormaechea como político y gobernante presenta muchas aristas –la inmensa mayoría positivas- que no pueden condensarse en unas apretadas líneas.

Antes, sin embargo, me vais a permitir tres confesiones para mejor entender las reflexiones que siguen: la primera, que hace apenas dos meses un grupo de personas –creo que éramos seis o siete- Juan Hormaechea nos invitó a almorzar en su casa familiar de Pérez Galdós, recién llegado de Marruecos donde comenzó a agravarse su enfermedad; segundo, que cuando ejercí de Jefe de su Gabinete entre 1991 y 1995 no fue por una iniciativa de él, ya que cuando regresado de un viaje le visité en su despacho, me manifestó que la decisión había partido de una petición que le había realizado Rodolfo Martín Villa, quién se había desplazado a Cantabria a soldar la unión entre UPCA y PP, formaciones que unidas habían obtenido 21 escaños, que representaban una cómoda mayoría absoluta. Mis relaciones con Rodolfo se ceñían a las estrictamente profesionales. En mi trabajo en Pueblo cubrí informativamente algunos viajes del ministro a países europeos por encargo del director del periódico, José Ramón Alonso. Nos conocíamos, pero no había más, salvo la afinidad de mantener una relación personal con Adolfo Suárez y su vicepresidente, Alfonso Osorio, la de él, por supuesto, más sólida y cercana. Finalmente, la tercera es que en los cuatro años de legislatura que ejercí de Jefe de Gabinete, terminada la jornada no participé en ningún acto, reunión o encuentro de algunas gentes que le rodeaban. Me limité a mi trabajo de despacho.

La verdad es que, llegado aquí, no se por donde empezar. Quizás lo más importante es que Juan Hormaechea como gobernante siempre tuvo en su cabeza un modelo de Cantabria. Ese modelo está en decisiones como la de Cabárceno, las carreteras, la mejora genética de la ganadería o la sanidad con la modernización del hospital de Liencres donde se instaló, diez años antes que en Valdecilla, el primer TAC, por citar unas pocas de las muchas iniciativas que se hicieron realidad.

Dejando al margen recuerdos de este tiempo que se pueden agolpar en la memoria, descifraré algunas cuestiones que considero tienen relevancia y merece la pena detenerse.

1. El endeudamiento. Partía de una reflexión lógica. Si las familias con aspiraciones de clase media en los años sesenta comenzaron a endeudarse para progresar (lavadora, frigorífico e, incluso, el seiscientos), las instituciones tenían el mismo derecho. En los años noventa arreciaron las críticas por la deuda de los cincuenta mil millones de pesetas, que todos, incluidos quienes la denunciaban, sabía perfectamente su destino: carreteras, Cabárceno, Palacio de Festivales y otros objetivos que no viene al caso relatar. La deuda actual de Cantabria asciende a 750.000 millones de las antiguas pesetas. Convendría que se dijese en que proyectos se ha invertido o gastado.

2. El despilfarro. Fue acusado por activa y por pasiva de despilfarro. Mantenía, al respecto, una teoría que comparto. Cuando se realizan, los proyectos no puede afirmarse que sean caros o baratos. Pongamos un ejemplo. El Palacio de Festivales se dice que costó 5.000 millones de pesetas. Mi idea es que apenas superó los tres mil millones. Pues bien, toda obra ejecutada, sea la que sea, debe medirse en cuanto a su costo por el servicio que rinde a generaciones. Si el Palacio de Festivales, las carreteras y otros logros se mantienen sin necesidad de reformas, es evidente que se hicieron con visión de futuro y han sido rentables. Cuando recorro Cantabria presto atención a las carreteras de la época –que pasaron todas de 5 a 9 metros- y observo, por lo general, que no han necesitado retoques. Por tanto, no existió despilfarro.

3. La pasión por Cantabria. Sinceramente creo que Juan Hormaechea sintió pasión en hacer cosas buenas y positivas para nuestra Comunidad. Una región pequeña como la nuestra tiene también derecho a hacer cosas grandes, que las hizo Hormaechea, sin que se entendiesen muy bien en aquella época. Cabárceno y el semental Sultán resumen en parte las cosas hechas a lo grande. Pero existieron muchas otras que dieron relevancia a nuestra comunidad.

4.  Un periodista destacado de Cantabria escribió en los años ochenta que Hormaechea era imbatible electoralmente y que solo un juez podía tumbarle. Las hemerotecas están para algo. Aquel comentario, presumo que bien intencionado, dio pistas a sus adversarios o enemigos para concretar y ultimar un intento definitivo para provocar la caída. No obstante, para que aquello se cumpliera tenía que darse una conjunción de hechos y la composición de un tribunal sentenciador con supuesta predisposición. Fue presidido por Claudio Movilla (¿le recuerdan?) y del que formaban parte otros dos magistrados: Mario García Oliva (que había sido concejal en Santander y como tal firmante de una moción de censura contra Hormaechea y senador de una organización que era la oposición) y José Redondo, como tercer magistrado. La defensa de Juan Hormaechea recusó a ambos (Movilla y García Oliva), pero no prosperaron las recusaciones. La sentencia se dictó por dos votos a favor contra uno. Años después el Tribunal Constitucional anuló la sentencia por manifiesta parcialidad. Pero el daño estaba hecho. La historia despejará en el futuro muchas dudas que pudieran existir sobre este tribunal contaminado políticamente en origen.

Quiero terminar con una evocación de la que se sabe poco o casi nada. Recuerdo que en aquella legislatura 1991-95, el ministro Borrell anunció, creo que avanzado 1993, la paralización de las obras de la autovía del Cantábrico por falta de fondos. La Diputación de Vizcaya había construido el tramo hasta el límite con Cantabria, acto de inauguración que recuerdo le acompañé. Hormaechea que se entendía bien con Borrell le llamó y le dio, en buen tono, una especie de ultimátum en defensa de un interés general de Cantabria. Más o menos le vino decir que o se reiniciaban las obras o el Gobierno de Cantabria proyectaría la autovía por la costa. Borrell le pidió tiempo, convencido de que Hormaechea cumpliría su propuesta-ultimátum. Unas semanas después, el ministro informó a Hormaechea de la reanudación de las obras. Fue así como la autovía sin peaje llegó a Santander en los primeros meses de 1995.

Dicho lo dicho, creo que muchos colegas debieran abrir reflexiones más profundas en las que la sensatez quede por encima de mezquindades que todavía se escuchan.

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