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SALUD MENOSPRECIADA

Por GABRIEL ELORRIAGA

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Estamos empezando una cuesta de enero tan empinada y enrevesada que más parece una escalera de caracol. La nación está en guerra contra un virus, como el resto de las naciones del mundo, y la dedicación absolutamente principal es la lucha contra el contagio, contra las mutaciones del virus y la batalla de la vacunación para conseguir salvar vidas inmunizando a la población y llegar a un futuro de recuperación de la actividad laboral y económica. Pero para nuestros actuales gobernantes hay otros temas más prioritarios y podemos mantener la guerra contra el virus con un ministro de Sanidad interino que ya ha hecho público el próximo fin de su mandato y cuya cabeza está ocupada por la participación en unas elecciones de dimensión regional.

Cuando se anunciaron las elecciones autonómicas en Cataluña, previstas para el 14 de febrero, aunque pendientes de la evolución preocupante de la pandemia, el ministro responsable de la coordinación general de la sanidad española no solo se propuso abandonar su cargo y aprovecharlo para divulgar su imagen como candidato en dichas elecciones, comenzando sus apariciones entre mitinescas y ministeriales.

Quizá algunos piensen que es mejor que el ministro tenga la cabeza en otra cosa porque de poco le ha servido para gestionar la lucha contra la pandemia, teniendo a su disposición todos los resortes del Estado, inclusive la declaración de un Estado de Alarma. Salvador Illa accedió al Ministerio de Sanidad para hacer lo que está haciendo. No fue nombrado por su competencia, ni por su experiencia en la materia sino porque la materia estaba transferida a las Comunidades Autónomas y el ministerio era una posición de poco relieve donde encajar a un representante del Partido Socialista de Cataluña bien relacionado con los partidos nacionalistas. No se pensaba entonces que el Covid-19 convertiría el Ministerio de Sanidad en el organismo más importante de toda la política española cara a un problema de salud que afectaría a vidas humanas cada día y al frente del cual había que actuar con plena dedicación y entrega y no con moral de interinidad.

Pedro Sánchez no rectificó su frívola decisión al enfrentarse con la realidad que le impedía menospreciar la importancia de los problemas de la rama de la administración responsable de la salud de los españoles y de la coordinación del sistema sanitario normalmente depositado en las manos de los dirigentes de las Comunidades Autónomas. Mantuvo impasible ese pobre equipo formado por Salvador Illa y su asesor científico Fernando Simón, protagonizando una sarta de contradicciones, ocultaciones y arbitrariedades compatibles con un exhibicionismo televisivo propio de la campaña de publicidad de un producto comercial. No se produjo ninguna muestra de eficacia ni de competencia.

Pero se ganaron horas de pantalla para familiarizar a los electores de Cataluña con una imagen personal. No importó mucho que el rebrote de la pandemia o las complicaciones logísticas para hacer eficaz la vacuna en un plazo breve demandasen un ministro de Sanidad con visión de futuro al frente de las operaciones más delicadas del momento. En el momento álgido de la atascada campaña de vacunación los ciudadanos no ven a alguien entregado sin reservas a su función como ministro de Sanidad. Lo que se ve es que el presidente del Gobierno propone un candidato oficialista en unas elecciones regionales apoyado por una cuota de pantalla inigualable para cualquier otro candidato, con la esperanza de que consiga los votos suficientes para que Sánchez pueda prolongar su negociación con los partidos separatistas en Cataluña y el intercambio de cromos.

Los socialistas gubernamentales apoyarán a los nacionalistas catalanes en Barcelona en la misma medida que los nacionalistas catalanes mantengan la estabilidad de Sánchez en la Moncloa. Lo del Ministerio de Sanidad no ha sido más que un pretexto para justificar una propaganda subliminal intensiva en favor de un señor con flequillo que ha conseguido un nivel de conocimiento por esa parte del electorado con poco sentido crítico pero que se traga cuanto ve y oye por televisión. Una parte del electorado, ya se verá de que dimensión, que pueda considerarlo un ministro benefactor que se ocupó de la salud de los catalanes y que puede ayudarlos a recuperar una nueva normalidad en la que ya no participará como miembro del Gobierno de España.

Es una gran tomadura de pelo y un menosprecio a la gravedad de la situación por la que pasamos los españoles vivos y por la que pasaron los que ya no están. Pero es difícil que, en ningún Estado del mundo, se haya producido una pirueta tan frívola durante el drama aún amenazante de la pandemia. Salvador Illa sigue, más o menos días, perdiendo el tiempo al frente de su Ministerio cuando ya es un cesado moralmente, mientras crece el temor a otra ola de contagios y las incidencias de una campaña de vacunación desordenada.

Pero Pedro Sánchez no parece preocupado por sustituir a Illa y aprovechar el cambio para hacer autocrítica e inyectar una dosis de esperanza poniendo al frente del ministerio más importante, hoy por hoy, para los españoles, alguien profesional o vocacionalmente preparado para mejorar y coordinar la gestión de esta batalla vital. Pedro Sánchez, impasible, da la impresión que se va a limitar a mover sus peones para hacer un hueco de consolación para Iceta, que se tenía por candidato indiscutible. Alguien del equipo de casa para seguir como si aquí no pasase nada y solo importasen los pequeños intereses partidistas. El drama humano más doloroso de nuestra época no altera las mañas de cacique electoral de la vieja escuela que es lo único que preocupa al morador de la Moncloa. El lento adiós de Illa es el síntoma del desprecio que merece la salud del pueblo a un gobernante.

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