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SOBRE LA DRÁSTICA REMODELACIÓN DEL GOBIERNO

Por ENRIQUE GOMARIZ

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Los buenos jugadores de naipes saben que el órdago es la figura que escenifica que ha llegado el momento de jugar fuerte, de apostar todos los tantos para conseguir el objetivo último, ganar la partida. La drástica remodelación del Gobierno, anunciada este domingo, es sólo la última fase de un órdago que Sánchez estaba impulsando desde la demoledora derrota de las elecciones en Madrid. Esta señal fue desgarradora al interior del Gobierno y del partido y Sánchez entendió que había llegado el momento de dar un fuerte golpe de timón si quería llegar al final de la legislatura.

El primer paso de ese órdago consistió en tratar de anclar a sus aliados más contumaces: los independentistas catalanes. Así que a fines de mayo lanzó el órdago de los indultos. La jugada le salió a medias, pero consiguió salvar los muebles. Varios sectores de voto conservador (en el empresariado y las Iglesias) mostraron sus dudas al respecto ante la opinión pública, lo cual ya fue suficiente para Sánchez. Pero, una vez asegurado que los independentistas catalanes no jugarían a tumbar su gobierno, al menos a corto plazo, se debía enfrentar al mar de fondo que se reflejaba en las encuestas: el progresivo desgaste electoral del PSOE de Sánchez, a favor del incremento de sus principales opositores.

Pero para cambiar esa nueva tendencia no parecía conveniente andarse con paños calientes. El cambio debía ser suficientemente espectacular. Cierto, el problema es que ese cambio debía ser claro para diferentes actores. Por un lado, debía de serlo para el ámbito económico, desde Bruselas al empresariado español. Por otro lado, debía lograr el alineamiento del propio partido, muy molesto con la derrota de Madrid a manos de representantes de consultorías externas. Y finalmente, debía ser atractivo para el electorado progresista, que se había retraído en Madrid y empezaba a volver su mirada hacia los grupos a la izquierda del PSOE.

El viraje para el sector económico lo ha escenificado ascendiendo a la ministra Nadia Calviño a la primera vicepresidencia, una vez despedida su antecesora Carmen Calvo. Calviño queda así como cabeza visible de la recuperación económica y del manejo de los fondos europeos ante Bruselas. Para limitar sus impulsos tecnocráticos, le han puesto a su némesis, Yolanda Diaz, ascendida a la segunda vicepresidencia.

Respecto del alineamiento del partido, Sánchez ha optado por regresar a las bases partidarias, abandonando así la fórmula de operar con “contratados” desde la Moncloa. La salida de Iván Redondo y su sustitución por un hombre de aparato como Oscar López es paradigmática. Ya se habían evidenciado algunas grietas entre Sánchez y su otrora asesor plenipotenciario. La última fue con motivo del anuncio de los indultos, cuando Redondo señaló subrepticiamente que la decisión la había tomado Sánchez directamente, aunque él la asumiera públicamente. Pero la presión contra Iván Redondo procedía principalmente desde las filas partidarias, que no le perdonaron errores anteriores, en particular su manejo errático de la campaña electoral de la Comunidad de Madrid. Y Sánchez necesitaba el alineamiento del partido, así que no tenía más remedio que ofrecer la cabeza, bien visible, de su omnipresente asesor.

En la búsqueda del apoyo decidido de las bases partidarias, Sánchez ha ido recolectando personas del nivel autonómico y municipal, una tarea que le ha encargado a su nuevo hombre fuerte, Félix Bolaños, al que nombra Ministro de la Presidencia, que asume las funciones de Presidencia, Relaciones con las Cortes y Memoria Democrática, que antes tenía la ex vicepresidenta Carmen Calvo.

Con todo ello, Sánchez busca mostrar un drástico viraje ante los principales públicos que pretende alinear o, al menos, neutralizar. Pero en el fondo, este órdago en varias fases sólo tiene un propósito: salvarse a sí mismo. En realidad, es una prueba máxima de que la única lealtad de Sánchez es para consigo mismo. Y si para ello tiene que desprenderse de sus más íntimos colaboradores o sus más leales escuderas, lo hace con mano firme. Claro, la drástica depuración necesita cubrirse con un manto de coloridos argumentos: el rejuvenecimiento del equipo, el paso a la recuperación económica, el feminismo que le fascina, etc., etc. Es muy difícil imaginar cuál es el disminuido sector de la opinión pública que todavía cree y valora esas flores de plástico que Sánchez agita ante el auditorio. Pero de lo que sí hay certeza es que el presidente de Gobierno se convenció de que había llegado el momento de renovarse o morir, aunque esa muerte tuviera lugar como una lenta agonía. Veremos si la jugada le resulta.

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