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UN FRANKESTEIN ZURDO

Por ENRIQUE ARIAS VEGA

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El fracaso de los sistemas basados en una lucha de clases de inspiración marxista se produjo por su desconocimiento de la economía de mercado y la evidencia de que, como consecuencia, los niveles de vida de los trabajadores eran peores bajo los regímenes de economía de Estado que en las sociedades libres y pluralistas. Al socialismo español le costó mucho liberarse de cierta dependencia ideológica del comunismo, como si temiese perder atractivo popular si se desprendía de la utopía del paraíso del proletariado que predicaba su partido rival por la izquierda. A esta dependencia se debió en gran parte el fracaso dela II República que agonizó como un régimen exclusivamente apoyado por la Unión Soviética, la tiranía más sangrienta e inventora del partido único.

En la España de la Transición unos políticos entonces jóvenes, como Felipe González y Alfonso Guerra, supieron desprenderse de aquella subordinación y situar al PSOE en la línea de los socialismos no antisistemáticos sino simplemente correctores de los abusos del capitalismo o reformistas sociales. En esta línea coincidieron con los socialismos europeos de su tiempo y consolidaron una de las alternativas de Gobierno de la España democrática. Pero el paso de los tiempos y la desastrosa gestión de Rodríguez Zapatero iniciaron un declive que se trató de compensar con invocaciones guerracivilistas y demagogia populista. Esta tendencia provocaría los pobres resultados de Pedro Sánchez que buscaría el poder a toda costa por medio de una coalición de gobierno con un nuevo partido de naturaleza comunista llamado Podemos. Como, aun así la coalición no era estable la reforzaron parlamentariamente con unos pactos con partidos separatistas y antiespañoles.

Pronto se vería el precio de esta superficial coalición que nunca funcionaría como tal sino como una asociación de dos Gobiernos desavenidos acompañados desde fuera por los seguidores de las peores causas antiespañolas constituyendo la fórmula que se llamó popularmente el Gobierno Frankenstein. Todo empezó a ir a peor cuando se comprobó la imposible gestión de una nación desarrollada con mínimos de inversión y máximo de impuestos, subsidios y transferencias y cuando, a nivel internacional, se constató que el socialismo español se había atrevido a sentar en la mesa decisiva del Gobierno a ministros definidos como comunistas que no hubiesen sido admitidos en ningún gobierno de un país occidental libre.

Con estos cómplices del terror, donde quiera que se instalen, dentro de la casa común, el Gobierno no podía dar un solo paso democrático sin ser discutido desde dentro, ni su presidente ser tenido por un igual entre los dirigentes del mundo libre. Todas las discordias se suceden entorpeciendo cada iniciativa de una de las dos partes del Gobierno. Normalización de la energía eléctrica, relaciones con Marruecos, desconfianza diplomática con los aliados, pérdida de influencia en Iberoamérica, equilibrio entre las autonomías, tensiones con los tribunales y otras contraposiciones son consecuencia de la impracticable coexistencia sociocomunista dentro de un Gobierno.

Teniendo Pedro Sánchez la reducción al mínimo de su expectativa electoral, está permitiendo que la vicepresidenta segunda Yolanda Díaz, de estirpe puramente comunista y que ni tan siquiera es afiliada a Podemos, vaya urdiendo una trama filocomunista que puede calificarse como un Frankenstein zurdo. Desde este Frankenstein escorado a la izquierda Yolanda Díaz aspiraría a desplazar al PSOE y, con él, a su presidente, situándolo como cuarto partido, como lo consiguió Más Madrid en las últimas elecciones madrileñas. Sus captaciones estarían integradas por algo más que los despropósitos de Ione Belarra, sino por un “espacio abierto” en que cabrían las iniciativas de Errejón, las demagogias barcelonesas de Ada Colau, el valencianismo catalanista de Mónica Oltra, etcétera. Un equipo capaz de apostar por una Yolanda a la que, hoy en día, las encuestas han empezado a valorar por encima de Sánchez, hasta el punto de que ella podría gustar más que Sánchez incluso a algunos sectores más extremados del PSOE.

El predominio de este Frankenstein zurdo sería una desgracia para España que no parece que vaya a ser permitida por una clara mayoría de los españoles. Pero aun como una utopía frustrada, sería la liquidación definitiva y la tragedia final de lo que pudiera conservar de válido el socialismo español como oposición democrática. Esta es la tragedia de todo sociocomunismo que los socialistas de buena fe no parecen capaces de evitar, sin comprender el daño que para el equilibrio de una España democrática significaría la desaparición de una alternativa de izquierda moderada.

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