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"SENSE CATALÁ"

Por GABRIEL ELORRIAGA

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Este año 2022 se celebra el quinto aniversario de la muerte de Antonio de Nebrija autor de la primera gramática española, publicada en 1492. Hizo llegar esta obra, antes de su publicación, a la reina Isabel la Católica para contar con su aprobación ante aquella novedad que pudiera considerarse atrevida frente a la exclusiva de las gramáticas de la sacrosanta lengua latina que era la que estudiaban las personas cultas, entre ellas la propia Reina con su profesora Beatriz Galindo apodada, por ello, “La Latina”. La reina la ojeó con escepticismo y se cuenta que comentó que para qué servía la gramática de una lengua que se aprendía sola. Ante esta situación intervino fray Hernando de Talavera, defensor de Nebrija y consejero de confianza de la Reina, a la que explicó que la gramática sería útil para que pudieran aprender español los extranjeros, comprender nuestras leyes para establecer tratados y favorecer el comercio y la conversación entre los avecindados en diferentes comarcas.

Evidencia esta anécdota la concepción popular y espontánea con que la reina contemplaba la expansión arrolladora de aquel lenguaje de origen latino, con ingredientes germánicos y árabes, que acabaría siendo la más alta definición de España en el mundo, hasta convertirse en uno de los soportes culturales de dimensión universal. Tan inocente era la Reina de una politización expansiva del idioma que, cuando tras la travesía de Colón, se plantearon misiones para lleva el mensaje cristiano a los pueblos indígenas, no se pensó en aquella gramática como instrumento de enseñanza directa sino como modelo para que los misioneros sistematizasen y alfabetizasen las lenguas de comunicación de los nativos y pudieran aprenderlas y utilizarlas en sus predicaciones. Fue gracias a aquel modelo como se salvaron de su extinción aquellos lenguajes de única transmisión oral.

Quizá la “ Plataforma por la Lengua”, tan activa en Cataluña, sigue creyendo, como pensaba inicialmente la reina Isabel, que el español es un idioma que se aprende por sí solo. Por ello no hay necesidad de enseñarlo a los niños que viven en Cataluña. Ni tan siquiera debe respetarse la norma legal de una asignatura en español. La Alta Inspección de Educación en Cataluña emprenderá “las diligencias pertinentes” ante las pretensiones de algunos padres del alumnado de pedir la “anomalía” de que los niños puedan escuchar en la escuela palabras que no sean en catalán. Estas iniciativas no parten, según dicen, de imponer a los estudiantes el desconocimiento de la lengua de mayor uso en la península en donde viven y en gran parte del mundo porque, como creía la reina, el español se aprende por sí solo. Lo extraño es que el catalán, tan generalizado en su comunidad autónoma, no se aprenda, también, por sí solo. Si consideran que el catalán está amenazado y no se aprende “por sí solo” deben meditar que no es culpa del anatemizado español sino de sus propias carencias y ucronías.

Las pancartas de “Sense català” con que se manifiestan algunos fanáticos no son sino una mala copia del movimiento “English only” que, hace décadas, fue estimulado por un exclusivismo anglosajón de “rubio, angloparlante y protestante”. El fracaso de aquel reduccionismo fue tal que, desde entonces, no ha cesado de multiplicarse el uso del español en Estados Unidos. En la actualidad no hay ningún candidato electoral en USA que se le ocurra mencionar aquella desafortunada ocurrencia. Muy por el contrario, los que no deciden aprender el español estudian, cuando menos, alguna frasecita en nuestra lengua para complacer a los electores hispanos. Pero estos cabezas huecas de las pancartas no quieren que se escuche una frase en español en ningún aula y, a ser posible, en ninguna casa. Porque como argumentó el ayuntamiento de Vic para prohibir un acto informativo en español en su territorio, esta ceremonia pública era “contraria a la moral, las buenas costumbres y el orden público”.

La triste conclusión que se deduce de esa soñada inmersión lingüística excluyente consiste en ahogar cualquier posibilidad de bilingüismo y desterrar el uso del español, a ser posible, de los juegos y hasta de las familias, convirtiendo la bella lengua catalana en una “lengua impuesta”, con el natural rechazo y antipatía que tal tipo de manipulación provoca en propios y extraños. La imagen de una lengua politizada y programada contra las tendencias y conveniencias de los alumnos es la peor recomendación que puede hacerse de dicha lengua. La situación conduce a que tal lengua sea percibida como una lengua de segundo nivel. Precisamente por lo que significa la tacha de “lengua impuesta” derivada de la torpeza del nacionalismo lingüístico que no es capaz de admitir que el catalán sea la lengua de gran parte de los habitantes del país y no de todo el país, como los demás admitimos, gustosamente, que en España existan españoles que prefieran usar otras lenguas según les inspiren sus sentimientos o su voluntad.

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