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ABRAZOS INFINITOS

Por ESTHER RUIZ

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Hace ya unas décadas, en los 80, un psicólogo estadounidense, Kevin Zaborney decidió proponer el 21 de enero como el Día Internacional del abrazo, después de concluir que nos abrazábamos poco y menos en público y convencido de que el estrés recurrente de muchas personas mejoraría si recibieran más abrazos… Seguramente, lo que ni tan siquiera podría imaginar es que 35 años después de su estudio, llegaría un virus que nos robaría los abrazos, que nos quitaría la piel, que nos enfriaría todavía más.

Nos privaron de los abrazos cuando más los necesitábamos y lo malo, es que nos estamos acostumbrando. Nos abrazamos con miedo o no nos abrazamos y eso, sin duda, nos hace peores y nos hace sentirnos peor. Estamos perdiendo el contacto físico y con él, el emocional. Estamos educando en el “no beses, no abraces…” como una manera de proteger, sin pensar que eso nos hace más vulnerables, más frágiles, más individualistas, más tristes, más inseguros.

Nada reconforta más que un abrazo. No hay ninguna palabra que alivie más que un abrazo. Un abrazo de esos que duran, de esos que curan… De esos, que por muy mal que estés, te dicen que todo pasará, de esos en los que te quedarías a vivir. Un abrazo que das con los ojos cerrados, que te llegan al alma, que sientes el alma. Un abrazo de esos que te arreglan el día, por muy malo que haya sido; de esos que no necesitan palabras y que hacen bonito el silencio. De esos que multiplican la alegría y hacen más leve el dolor. Un abrazo lleno de verdad, de los que no se pueden fingir; de esos que son tan fuertes que no te dejan respirar y precisamente por eso, te dan aire y te llenan de vida. Un abrazo en el que te das y descubres la maravilla de recibir.

Abrazos infinitos, de amor, de pasión, de ternura, de cariño, de corazón, de calma, de protección, de amistad, de consuelo, de felicidad, de reencuentro, de generosidad, de emoción, de piel…

Ojalá y “cuando esto pase… que pasará”, volvamos a abrazarnos libres, sin miedos, sin pedir permiso, sin dudar y sin pensar en contagios ni en olas que no sean del mar.

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