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LAS ARMAS DEL ANTIGUO COMUNISTA

Por GABRIEL ELORRIAGA

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Este Vladímir Putin, invasor de Ucrania, que tiene aterrorizada a Europa, no es un nuevo autoritario. Es un típico viejo comunista, nacido en las cocinas, en sentido estricto, de Lenin y Stalin y formado en las filas siniestras de la KGB que no era un servicio de inteligencia más del Estado soviético, como también las SS de Hitler eran algo más que un cuerpo de seguridad del nazismo. Los antiguos comunistas, supervivientes y acomodaticios, tienen en común la traición al dogma anticapitalista de sus antecesores. Solo heredaron su gusto por el estado totalitario o, si no es posible, totalizante. El capitalismo ya no les parece malo, sea el capitalismo de Estado, el propio o el de sus amigotes y disfrutan vitaliciamente de los placeres de la más alta oligarquía además de procurarse sus propias bolsas de capital para sus descendientes y cómplices. Véanse las biografías de los dirigentes de China, Corea del Norte, Cuba o Venezuela por ejemplo. Los viejos comunistas pueden disfrazarse de autócratas nacionalistas patriarcales y devotos, con sus popes de acompañamiento o con curas progresistas. Pero lo esencial es su concepto instrumental del Estado al servicio de un clan de estilo mafioso.

Este tipo de personajes, cuando tocan poder, tienen la obsesión de desnaturalizar los ejércitos nacionales para convertirlos en milicias políticas dóciles a sus ambiciones y delirios. Hitler se empecinó en manejar personalmente sus ejércitos y, con su mentalidad de cabo, se dedicó a hacer correr de un lado para otro a sus carros de combate, en la guerra relámpago en doble frente y sin las previsiones logísticas para desplazarlos por las estepas de Rusia o por las arenas del desierto africano, mientras meditaba cómo podría conquistar Inglaterra sin barcos ni infantería de marina. Putin, veterano agente de la KGB, sabe algo más que Hitler de maniobras, pero poco más. También es un clásico de los carros, tradición de estilo comunista. Hasta en España se oía, en la Guerra Civil: “Que vienen los tanques rusos”. Entonces aún no se hablaba de cócteles molotov ni había armas anticarros portátiles, pero los legionarios se cargaban los famosos tanques rusos con botellas de gasolina. Ahora basta con ver fotografiados en todos los diarios del mundo aquella columna motorizada de sesenta kilómetros con que intentó hacer su guerra relámpago contra Kiev hace ya medio mes, paralizada por dificultades de abastecimiento de combustible y de comida, con sus tripulantes abotargados, días y días, vegetando a la sombra de sus caracoles de acero, para comprender el fracaso de su pretendido golpe de efecto. Lo que hubiese conseguido si hubiese logrado poner en fuga al valiente Zelenski y pasear sus carros por las calles de Kiev como hacían en su tiempo las fuerzas rojas con las repúblicas satélites. Pero no fue posible hacerlo hoy con un pueblo libre y un ejército defensivo técnicamente débil pero patrióticamente fuerte frente a una amenaza acorazada.

Lo hemos visto cambiar astutamente quizá por presión de sus propios asesores militares y seguir la táctica del terror con los cercos a las ciudades, la destrucción de estructuras básicas, el corte de comunicaciones marítimas y aéreas y los métodos sangrientos de la guerra larga y sus consecuencias políticas y económicas impredecibles para Rusia y quizá primero para él en cuanto sátrapa responsable de la sangre vertida en las filas de la población civil y en sus propias filas. Putin, es el comunista que quiso rejuvenecer su anticuada y decadente política interior bañándose en la sangre joven de sus soldados bisoños lanzados al arcaico sistema imperialista de someter a su hegemonía por la destrucción y el terror a poblaciones y a disidentes. Una nostalgia del lejano neocolonialismo ideológico soviético disfrazado con el nuevo nombre de “Operación Especial de Liberación”.

Desde España, y no solo desde España, unos estúpidos del “No a la guerra” tratan de ayudarle con la equidistancia pasiva. Siempre hubo unas gentes simples que comulgan con la absurda idea de que para evitar la guerra basta con no hacerla y dejarse avasallar por el enemigo. Esta idea es posible que la asuman infantilmente manifestantes feministas y niños inocentes. Pero a esos de “Podemos” que mantienen en sus filas, como una reliquia, a un antiguo JEMAD, no se les puede perdonar abrir brechas hasta dentro del propio Gobierno de Pedro Sánchez para estorbar a la reacción de una Europa unida que se siente amenazada por un viejo comunista. Gritar “No a la guerra” y ser incapaces de decir “No a Putin” es el tono de esas ministras putinistas que llaman “partido de la guerra” al partido con el que forman coalición, sin dimitir de sus nóminas. Unas damas que consiguieron convertir el pasado día internacional de la mujer en una riña de vecindad entre las tres “íes” -Irene, Ione Yolanda” olvidándose de la inmensa tragedia que afectaba el mismo día a millones de mujeres ucranianas pidiendo asilo a las puertas de la Europa libre. Aquellos que juegan a equiparar al agresor y al agredido, con sus críticas contra la OTAN, que no está haciendo otra cosa que asegurar sus fronteras, son los peones del tirano enloquecido que se atreve a chantajear al mundo con su arsenal nuclear, no deben permanecer como peones del enemigo de la libertad en el seno del Gobierno de España. Para ser solidarios con las víctimas de crueles bombardeos con armas de destrucción masiva no es suficiente enviarles armas defensivas sino también es necesario desbancar del escenario gubernamental a los propagandistas de la indefensión en favor de los intereses de Putin que predican el camelo de una diplomacia imposible, ante un déspota que no asume las normas del derecho internacional sino que practica el abuso a sangre y fuego de una superioridad de armamento sofisticado con el que intenta aplastar a un pueblo al que no ha sido capaz de derrotar moralmente.

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