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HUY GUERRA Y PASADO MAÑANA PAZ

Por ENRIQUE GOMARIZ

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En la última portada del semanario Der Spiegel aparece el canciller Olaf Scholz con gorra militar, sobre un título que dice “Krieger wider willen”, algo así como “guerrero contra su voluntad” o “guerrero a disgusto”. Una imagen que refleja bastante bien el efecto disruptivo que ha tenido la guerra de Ucrania para las corrientes progresistas en Europa, incluida la socialdemocracia.

Desde mediados de los años setenta del pasado siglo, la socialdemocracia europea ha impulsado iniciativas a favor de la paz, tanto oficialmente a nivel de países como de movimientos sociales. Cuando se produjo la crisis de los euromisiles en los años ochenta, el laborismo británico y los partidos socialdemócratas de Alemania, Austria, Suecia y otros, junto a los verdes alemanes y la izquierda en Italia y España, fueron capaces de organizar la potente campaña European Nuclear Disarmament (END) que contribuyó a llenar de manifestantes las calles y realizar multitudinarias convenciones anuales. Y aunque el pacifismo organizado apenas se mantenía cuando se produjo la invasión de Irak por Estados Unidos y sus aliados, lo cierto es que el progresismo europeo también pudo manifestar su opinión contraria a la guerra.

Con la invasión de Ucrania por parte de Rusia, esta tradicional corriente de opinión ha sufrido una torsión considerable. En ausencia de un movimiento social pacifista, con un recambio generacional acostumbrado a la inexistencia de conflictos graves en el viejo continente, el progresismo europeo se ha visto enfrentado a la necesidad de revisar sus postulados tradicionales sobre paz y seguridad. Y la imagen del semanario alemán alude a esa complicada situación.

Después de décadas de posicionamientos favorables a la distensión, el progresismo europeo se reparte en torno a las tres corrientes de opinión más importantes acerca de la guerra en Ucrania. 1) la únicamente confrontativa, partidaria de golpear a Rusia de diferentes formas (sanciones económicas, entrega de armas a Ucrania, aislamiento de Putin en foros internacionales, etc.), entendiendo que Rusia se ha convertido en el enemigo principal, tanto en el presente como en el futuro; 2) la posición opuesta, partidaria de una solución basada en la actividad diplomática, donde coexisten quienes condenan la invasión de Rusia y quienes responsabilizan principalmente a la OTAN; 3) un planteamiento intermedio, que condena la invasión, pero busca combinar las sanciones contra Rusia con la puerta abierta a las negociaciones diplomáticas.

Hoy es posible encontrar sectores socialdemócratas y progresistas reflejando cada una de estas tres posiciones. Pero donde estas opciones adquieren toda su dimensión es respecto a su proyección futura, sobre todo en torno a dos asuntos principales: el establecimiento de un sistema de seguridad en Europa y la inclusión o no de Rusia en cualquier sistema que pudiera configurarse.

La visión únicamente confrontativa se inclina por fortalecer la defensa y la disuasión militar, reduciendo la importancia de la conformación de un sistema de paz y seguridad, y desde luego, excluyendo a Rusia de ese ámbito, por cuanto es considerada enemigo permanente. La perspectiva es, por tanto, la de un escenario de disuasión basada en las fuerzas, con el incremento del gasto en defensa y la continuación de la carrera de armamentos.

Desde la visión opuesta, que privilegia la negociación diplomática, no se concede importancia a la necesidad de fortalecer la defensa militar europea y tampoco aparece relevante la necesidad de establecer un sistema estable de seguridad europea. En general, no se excluye a Rusia de las negociaciones y hay sectores que incluso plantean la neutralización de la OTAN.

Es desde la visión integral, partidaria de la combinación de actuaciones contra Rusia y las negociaciones diplomáticas, donde se aprecia mayor convicción de que, para lograr en el futuro un estado de seguridad estable en Europa, es necesario reconfigurar un sistema paneuropeo basado en la seguridad compartida, bien reorganizando la OSCE o conformando un nuevo sistema más integral. Para ello, desde luego, hay que incorporar a Rusia, porque sin este país es imposible establecer una seguridad europea no confrontacional.

Sin embargo, aunque estas tres opciones tengan su propia lógica, existen sectores progresistas que plantean como solución una clara división temporal, entre la situación presente y la perspectiva deseable en el futuro. De esta forma, en el presente, mientras dure la agresión rusa a Ucrania, hay que aceptar la estrategia confrontativa, golpeando duramente a Rusia, y apoyando por completo a Ucrania, también en términos militares, para sostener su derecho a la legítima defensa. Pero más tarde, una vez que se logre detener la guerra, será necesario avanzar hacia un sistema estable de paz y seguridad en Europa, donde ojalá sea posible integrar a Rusia.

Esta posición, que hace una clara distinción entre el presente y el futuro, tiene algunas ventajas y varios inconvenientes. La ventaja más obvia es que permite una cierta comodidad política a quienes la plantean. Sobre todo, en la situación actual, evita confrontar a la corriente partidaria de una perspectiva confrontativa, pudiendo incluso aparecer como aliados, dejando para el futuro las marcadas diferencias entre una opción (confrontativa) y otra (de seguridad compartida)

El mayor inconveniente que presenta esta distinción temporal, es que pone en duda si la estrategia de confrontación actual permitirá luego un fácil deslizamiento hacia un sistema de paz y seguridad, basado en la seguridad compartida.


 

 

La lógica de la guerra hoy tal vez retrase considerablemente la paz de pasado mañana. También tiene el inconveniente de que excluye la posibilidad de que la diferencia en términos de perspectiva futura tenga algunas consecuencias en cuanto al manejo de la situación actual. Ello tiene efectos en diversos campos, pero puede examinarse respecto de uno de los asuntos sensibles al respecto: el tipo de apoyo que debe darse a la Ucrania atacada.

Constituye ya una evidencia que ninguno de los actores occidentales en presencia ha respondido favorablemente a las peticiones estratégicas que ha hecho el presidente Zelenski. El mandatario ucranio ya parece haber aprendido que los aplausos cerrados que provocan sus encendidos y emocionales discursos no se traducen en la entrega de aviones de última generación o la liberación del espacio aéreo, tantas veces solicitado.

Los aliados occidentales distinguen perfectamente el tipo de apoyo militar que conviene otorgarle a Ucrania. Pero en el plano político parecen dispuestos a no abandonar su estrategia confrontativa y beligerante.

Todo indica que una política de paz para el futuro implica la necesidad de fortalecer una corriente de pensamiento independiente respecto de la estrategia confrontativa predominante hoy. En el plano comunicacional exige rechazar la rusofobia que surge de la retroalimentación entre medios políticos y periodísticos.

Las sanciones a Rusia deben referirse únicamente a la agresión perpetrada por el Gobierno de Putin y no incorporar atribuciones identitarias sobre la población rusa. Y en el plano de las actuaciones políticas, requiere una visión crítica de planteamientos oficializados (la Brújula Estratégica, por ejemplo), así como independencia de criterio respecto a las actuaciones del gobierno ucraniano.

Pueden ponerse algunos ejemplos ilustrativos. Es necesario criticar abiertamente la actuación de los batallones de las fuerzas paramilitares de la extrema derecha ucraniana, acogidos ahora como unidades militares especiales. Hay que exigir del gobierno de Zelenski que sea capaz de controlar esas incrustaciones, que realizan provocaciones (como el envío de cohetes contra poblaciones en el Donbás) y permiten así fortalecer la propaganda del Kremlin.

Otro asunto que debe ser criticado refiere a la decisión de Zelenski de prohibir la actividad de los partidos de la oposición, con el argumento de que colaboran con Rusia (parece copiado del que utiliza en Rusia el gobierno de Putin).

Otro asunto que resulta discutible es el de la defensa numantina de la ciudad de Mariúpol hasta que no quede piedra sobre piedra. Desde luego que el atacante es Rusia, pero si el atacante da la oportunidad de parar la destrucción, es necesario examinar con cuidado la oferta.

Las leyes de la guerra también incluyen el derecho a la capitulación honrosa. Es decir, la entrega de capacidades militares a Ucrania, que debe hacerse mientras dure la agresión de Putin, no debe estar exenta de criterios racionales y morales, aunque sólo sea porque la responsabilidad de hacer esas entregas es de quien las realiza (de hecho, es lo que hace parcialmente la OTAN respecto de la solicitud ucrania de la liberación del espacio aéreo).

Desde luego, la posición favorable al desarrollo de ese pensamiento independiente a favor de la paz es la más incómoda. Implica evitar las simplificaciones y contribuir a una perspectiva de paz y seguridad en Europa y en el mundo, donde hay que integrar elementos diferentes, desde el fortalecimiento de la defensa europea a la configuración de un sistema paneuropeo que incluya a Rusia; aceptar que hay que apoyar el derecho a defenderse de Ucrania, pero bajo criterios favorables a la detención de la guerra; significa adoptar un pensamiento crítico respecto del ambiente confrontativo predominante, aunque eso signifique disentir de aliados políticos y, desde luego, sin dejarse arrastrar hacia posiciones dogmáticas de sentido contrario.

En suma, esta es una posición incómoda porque exige usar un criterio propio e informado en la compleja coyuntura, sin abandonar la perspectiva de doctrina de la seguridad compartida, la confianza mutua, el desarme y la paz, en estricta conformidad con la Carta de Naciones Unidas.

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