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QUE LA MUERTE NOS PILLE VIVIENDO

Por ESTHER RUIZ

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¡Qué pronto nos acostumbramos al horror!... igual que en lo peor de la pandemia hablábamos de muertos como si fueran números, como si detrás de ellos no hubiera un nombre, una historia, una vida; ahora desayunamos, comemos y cenamos con las terribles imágenes de la guerra. Ciudades asoladas y destrozadas; cuerpos sepultados, calcinados, abandonados, llenos de metralla, tirados sin nadie que los reclame, ni que los despida, ni que los entierre...

Imágenes de casas abandonadas hasta con la mesa puesta, con las ollas en el fuego, con la ropa tendida, con los pájaros en las jaulas sin más opción que la muerte. Y nos hemos acostumbrado a todo esto, a una invasión desalmada contra una población inocente que está pagando con su vida la locura y el negocio de otros…

No puedo quitarme de la cabeza la imagen que describió el presidente ucraniano, Zelenski, en su intervención en el Congreso de los Diputados: "Imaginen a las madres que escriben con bolígrafo en la espalda de su hijo su nombre y un contacto de alguien cercano por si los ocupantes matan a los padres para que este niño tenga una pequeña posibilidad de ser salvado". Me imagino a esa madre con su hija “ven Vira, que vamos a jugar a los tatuajes, quítate la camiseta” y fingiendo una sonrisa entre lágrimas, con su mano temblorosa, escribiendo su nombre y sus datos de contacto por si a ella le pasaba algo, por si no llegaba a la frontera en su huida, por si se perdía, por si la muerte salía a su encuentro…

Y así somos nosotros, haciéndonos a todo, acostumbrándonos a todo. Mirando al cielo por si llueve, que en este momento es nuestra máxima preocupación, después de dos años en los que sentimos cómo nos robaban nuestras tradiciones, nuestras vacaciones, nuestra normalidad…

No recordando para olvidar.

Espero que todo este drama y este horror que nos rodea y al que ya miramos de refilón, nos sirva para apreciar la vida; para una vez más, ser conscientes de que estamos aquí de paso, que somos frágiles, que no es lo mismo que débiles. Que la vida no llama dos veces, que como diría Jesús Quintero: “el único pecado imperdonable es no vivir, entregarse a una muerte anticipada mientras la sangre corre todavía por nuestras venas”.

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