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RECORDANDO A CHRISTIAN ANDERSEN, EL HIJO DE LA CERILLERA

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Por María Viedma El psicoanalista Bruno Bettelheim afirmaba que los cuentos nos ayudan a comprendernos, a estructurar nuestros propios ensueños y a liberar nuestro inconsciente de sus pulsiones. Aseguraba que los cuentos constituyen una ayuda inestimable para crecer y vivir. Como usted ya creció -y es de bien nacido ser agradecido- le recuerdo que va siendo hora de peregrinar a Málaga y pagar su deuda moral con el célebre cuentista danés Hans Christian Andersen (2 de abril 1805- 4 de agosto 1875). Hoy se cumplen 145 años de su muerte. Málaga... Christian Andersen... deuda moral... Se preguntará usted qué alambicada relación guardan el tocino, la velocidad y las témporas. La respuesta no es simple, pero con gusto se la cuento: Al padre del patito feo (en realidad una alegoría autobiográfica; Andersen ni era ni se sentía agraciado) le llevó muchos fracasos llegar a cisne y hacerse un hueco en el mundo. Primero quiso ser actor y cantante, pero al cabo de varios disgustos comprendió que ni su voz ni su físico (era desproporcionado y narigudo) lo adornaban en el escenario. Luego quiso -sin excesiva suerte- ser poeta, dramaturgo y novelista. Era, sin duda, una escritor dotado para esos géneros que dejó piezas impecables como los poemarios Fantasías y esbozos y Los doce meses del años; los dramas La nueva habitación y El mulato (sobre la vergüenza de la esclavitud) y varias novelas: El improvisador, Peer el afortunado, Solo un violinista, Ser o no ser y O.T. (siglas de Otto Thostrup y no de “Operación Triunfo” como irreverentemente acaba de aventurar su irreductible niño interior). Alguna de esas obras cosechó fama, pero ninguna demasiada fortuna, lo cual deprimía a Andersen, que provenía de un hogar paupérrimo (acuérdese de la pequeña cerillera). Se sabía un escritor de talento y poseía la ambición legítima de convertirse, además, en un caballero de posibles. Toda su vida estuvo marcada por el deseo de reconocimiento exterior en forma de amor, bienes y gloria. La sociedad clasista de entonces censuraba las relaciones entre personas de estratos económicos diferentes y él no ignoraba que un buen peculio agrandaría sus oportunidades de conquista, terreno en el que no se movía precisamente como pez en el agua, pues era muy tímido con las mujeres. Para colmo, tenía inclinación a enamorarse de aquellas que quedaban lejos de su alcance. La más inaccesible fue la soprano sueca Jenny Lind, a la que dedicó El ruiseñor, y cuyo rechazo lo embebió en melancolía. La única mujer que le correspondió fue Riborg Voigt, una jovencita que, causalidades de la vida, ya estaba comprometida y que le rogó que la raptara. Ante aquella prueba de audacia, Andersen hurtó el cuello igual que un galápago y trasladó su impotencia a un cuento, el soldadito de plomo, donde el mutilado protagonista termina, como usted sabe, derretido en la chimenea en un amor irrealizado junto a la linda bailarina. En su solitaria ancianidad debió lamentar la falta de arrojo, porque cuando fueron a amortajarlo descubrieron que llevaba al cuello una carta de Riborg. Otro enamoramiento desdichado fue el que sintió por Edvard Collin, el hijo de su antiguo benefactor (el director del teatro de Copenhague). Andersen estaba prendado de él. “Mis sentimientos por ti son como los de una mujer. La feminidad de mi naturaleza y nuestra amistad deben permanecer en secreto”, le escribió. Edvard -que lo despreciaba por su extracción humilde- no solo no satisfizo su pasión homoerótica, sino que al cabo de un tiempo contrajo matrimonio. Del dolor que le causó este desenlace nació la sirenita, una alegoría de la imposibilidad del amor para quienes tienen una condición diferente. Relea el cuento desde esta perspectiva y empatice, pues, con la tristeza de Andersen: la cola de pez como sexualidad invivida, salir de las ocultas profundidades a la superficie, pagar un alto precio en el exterior (la sirenita perdió la palabra), padecer dolor, sufrir desprecio y verse forzado a retornar a lo oculto. No todo (solo casi todo) fueron decepciones sentimentales en la vida de Andersen. Probó las mieles del amor en los labios del joven bailarín Harald Sharff, pero la relación apenas duró dos años porque, entre otras cosas, a Sharff le incomodaba la falta de discreción de Andersen, a quien el entusiasmo de saberse querido, parecía moverlo a exhibir su afecto en público. El idilio concluyó cuando Sharff retornó con un antiguo amante, lo cual no impidió que ambos prosiguiesen la amistad durante años. Andersen encontró consuelo de esos amores fallidos en sus cuentos, no solo porque la composición de algunos le sirvió de terapia, sino porque aquellas narraciones breves lo convirtieron en el escritor famoso y acaudalado que llegó a ser antes de apurar la juventud. Escribió un total de tres volúmenes maravillosos que han deleitado a niños y adultos de varias generaciones y que literariamente lo emparentan con Hoffmann y Maupassant. Günter Grass le veneraba y aún más el crítico literario Harold Bloom, que llegó a afirmar que en el cuento La sombra se adelantaba, incluso, a Kafka. Léalo y verá que Bloom llevaba razón. Pero hay otro motivo por el que los cuentos fueron el tesoro de Andersen, y es que los monises que le reportaron los empleó en darse el gusto de conocer mundo. “Viajar es vivir”, decía. Y él, que aún era joven, vivió mucho e intensamente en calidad de incombustible representante de esos míticos viajeros románticos que se internaban en tierras extrañas y presuntamente exóticas. Transformó sus periplos de norte a sur y de este a oeste en títulos extraordinarios como El Bazar de un poeta, En Suecia, Viaje a Portugal, Viaje por España…. Es justamente aquí, en Viaje por España, donde usted con su peregrinación a Málaga interviene poniendo nexo al tocino, la velocidad y las témporas. Verá: en este libro Andersen escribió que en ninguna otra ciudad española había llegado a sentirse tan dichoso y tan a gusto como en Málaga. El ayuntamiento de mi ciudad se tomó muy en serio esa afirmación y conforme al lema de nuestro escudo (muy leal, muy hospitalaria, muy benéfica…), se lo trajo a “vivir” a Málaga, agradeciéndole con tribuna de bronce que nos salpicara la infancia de animales parlantes, árboles animados, sirenas en tierra, zapatos que danzan sin pies y emperadores en pelota picada. En 2005 se le dedicó una estatua preciosa, cerca de la pensión donde se alojó. Se trata del único monumento al escritor que existe en la península y también uno de los pocos (deberían poder contarse por decenas) en este desagradecido mundo. Sé que está pensando en Copenhague. Permítame decirle que la sirenita del puerto no deja de ser una estatua triste en su húmeda soledad de criatura rechazada. En cambio, la nuestra, es una estatua dichosa y viva porque representa a un Andersen viajero. Lleva consigo una maleta y al pobre patito feo dentro (de esa pena no sanó jamás), pero él... él es todo cisne.

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