Edita: Cantabria Ediciones On Line 24 horas. Director: José Ramón SAIZ FERNÁNDEZ
Diario Digital controlado por OJD

La Clave de Cantabria24horas.com

PROPUESTAS DE REFORMA, NINGUNA

Enviar a un amigo

UNA DECEPCIÓN MÁS. Cuando ha llegado el momento de reajustar la política en Cantabria a causa de la pandemia que tantas heridas ha dejado en la sociedad, resulta que el Parlamento de Cantabria no está a la altura de las circustancias extraordinarias que vivimos. Si repasamos los discursos de todos los que han intervenido, no veremos una sola propuesta de reforma. Todo debe seguir igual para unas señorías -35 en total- que cobran dietas y suculentos sueldos por encima de los cincuenta mil euros. 

Veamos, pues, como está la situación después de que han confundido el debate. No se trata de hacer un resumen de lo que se ha hecho, sino de reflejar que está mal en Cantabria para que tengamos una deuda, ahora mismo, superior a los 3.300 millones de euros, que vienen a ser 600.000 millones de las antiguas pesetas. ¿En que se han gastado?. Esta es la pregunta para todos. ¿Está equilibrada nuestra Administración?. ¿Cuáles son sus deficiencias y virtudes, que también pueden existir?. ¿Una autonomía como la nuestra puede tener un Parlamento profesionalizado y decenas de directores generales y subdirectores?. ¿A donde vamos?. Algún día llegaremos al precipicio, pero será tarde para corregir. 

Tal y como estamos viendo y viviendo, las medidas de protección sanitaria y las limitaciones van a continuar en vigor durante meses. Los rebrotes, ya preocupantes, nos siguen condicionando y temiendo que algo peor puede venir.  Los destrozos en el tejido productivo empiezan a emerger y a revelarse como más severos de lo previsto.

Nadie puede considerar esto un retorno a la normalidad. Ni a la vieja ni a otra nueva. La que concluye ha sido un tiempo pródigo en anuncios de planes para la reconstrucción, pero ninguno es de calado.  Si quedan reducidos a cuidados paliativos no habrá esperanza. Recuperar la prosperidad depende de convertirlos con rapidez en incentivos para la resurrección, pero se trata de medidas también duras para la política.

Ni Cantabria ni España han llegado con la conclusión del estado de alarma a la meta. El fin ha sido atolondrado y contradictorio, más dictado por los contubernios de la política y las alianzas que por circunstancias científicas o médicas. Algunas comunidades han saltado de fase directamente como si los pasos intermedios que tuvieron que cumplir las demás no sirvieran para algo. 

La superación del estatus de excepcionalidad tiene más de refuerzo psicológico que de espaldarazo práctico. El peligro está controlado, no extinguido, pero eso no destierra el miedo porque la máxima preocupación, por encima de la sanitaria, pasan a ocuparla el paro y la economía. Lo señalan las encuestas, hasta las del CIS, y lo denotan las conversaciones de terraza. Falta mucho para alcanzar alguna certidumbre sobre nuestras vidas a partir de este instante. Igual que la escayola desmadeja el brazo, la parálisis de 98 días ha dejado inerte la economía. Algunas empresas recobrarán el músculo incluso con mayor tono. Otras, lamentablemente, corren serio riesgo de convertirse en irrecuperables. Para siempre.

Nuestras instituciones, débiles y anquilosadas, y el modelo productivo, con la consistencia de un papel en mitad de un aguacero torrencial, están en un proceso que la clase polìtica y gobernante no parece apreciar.  El paso del tiempo desvelará el carácter decorativo o práctico de las medidas de reconstrucción. Que insatisfagan a los afectados o reciban críticas resulta en este contexto extremo hasta lógico. Son tantos los rotos y necesidades, y tan menguantes los recursos, que a cada sector su ayuda le parece nimia. Pero la partida no se juega únicamente ahí. 

La pandemia de 1918 dio paso a un clima de recelo social, divisiones nacionales, xenofobia y autoritarismo. La del 2020 empieza a presentar síntomas parecidos. Enfrentar a la población y dividirla en bandos jamás es una alternativa provechosa. Si algo aprendimos los españoles y los cántabros durante la Transición fue precisamente eso. Resaltar lo que une a personas con distinta concepción de la sociedad en vez de empujarlas hacia los extremos posibilitó el periodo de concordia y bienestar más exitoso de España. La tradición cainita, rupturista, fabrica dolor y miseria a raudales. Basta repasar los libros de Historia.

De un golpe tan devastador nunca se sale a palos, construyendo relatos de buenos y malos, regando con dádivas e ideología la lealtad de rebaño o fumigando el espíritu crítico y al discrepante. Aplíquense el cuento con humildad los políticos y sus consejeros áulicos. También los ciudadanos. Además de garantizar derechos, la democracia tiene igualmente valor por los rendimientos que genera en la toma de decisiones rápidas y eficaces pensando en el interés general, no de parte. 

Recorrer ese camino en Cantabria exige actuar con coherencia, generar confianza y transmitir credibilidad. La coherencia se demuestra haciendo lo que se dice y no cacareando por demagogia lo que luego en realidad nunca se desea hacer. La confianza se gana sin aversión a asumir los errores, única manera de determinar las cosas que jamás pueden repetirse. Finalmente, la credibilidad se recupera manteniendo un discurso sólido y coherente, no de conveniencia. 

Pónganse sus señorías  a la faena, pero empezando por sus prerrogativas. Un segundo confinamiento, España y Cantabria no lo podrán resistir. Somos todos conscientes.

Últimas claves: