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José Ramón Saiz presentó un nuevo libro con lleno en el Instituto Marqués de Santillana

LOS GARCILASOS bajo la dirección de Lorenzo Morante, interpretaron Canciones de Torrelavega con ese final de broche de oro de Julián Revuelta "El Malvís de Tanos".

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29-01-2020

INMENSAS GRACIAS a todas las personas que se acercaron en la noche de ayer al acto de presentación del libro “De Leonor de la Vega al 125 aniversario del título de Ciudad” que celebramos en ese laboratorio de tantas nostalgias y éxitos educativos que es el salon de actos “Clemente González Odriozola” del Instituto Marqués de Santillana que en 1932 celebrará su centenario. Creo que entre todos hicimos y vivimos un acto relevante sobre historia de ciudad, la nuestra, con la que estamos identificamos sencillamente porque la sentimos, ha relatado José Ramón Saiz en sus redes sociales.

La magnífica intervención de los buenos y grandes amigos del Coro Ronda Garcilaso, con canciones de Pepín del Río, bajo la dirección de Lorenzo Morante, fue ese momento culminante de expresión de nuestra identidad. La interpretación de Canciones de Torrelavega con ese final de oro de Julián Revuelta “El Mavís de Tanos”, cerró un acto que todos hicimos brillante.  Con los nombres de Lorenzo Morante y la garganta prodigiosa de El Malvís, quiero expresar mi gratitud a todos los garcilasos.

Una vez más, quedó patente la importancia que este Centro Educativo tiene para la ciudad de Torrelavega en las últimas decadas, donde todos hemos podido incorporarnos a una promoción personal y profesional que antes, por rezones económicas, teníamos vetada. Su director, José Nicasio Gutiérrez, al frente de un grupo humano de excelentes profesores y profesoras, sigue elevando su nivel y prestigio.

El autor ha señalado que en cuanto a la intervencion del destacado y brillante escritor y jurista Pedro Crespo de Lara hay que juzgarla desde el afecto del amigo. Es cierto que se trabaja, pero no tanto. Es importante, eso sí, organizarse y una o dos horas diarias de trabajo dan mucho de sí en un año. No hay más secreto. Sacar adelante 25 libros, el primero con motivo del Centenario de la Ciudad en 1995, es cuestión de perseverar y dar luz a zonas oscuras de nuestra historia. Lo importante es dejar un trabajo para que en el futuro otros puedan seguir investigando y ampliando lo que precisa de mejora, que siempre es mucho en una obra humana.

Concluyendo, gracias a las personas que me acompañaron anoche para vivir las horas previas a una conmemoración que tiene este 29 de enero su día más importante.

No estaría de más que algún día el nombre de Leonor de la Vega tenga más centralidad en la nomenclatura de nuestras plazas y calles y sus restos se trasladen desde la iglesia de la Asunción a su lugar natural de la iglesia de la Virgen Grande, hacienda justicia a relevantes torrelaveguenses de aquel tiempo como Hermilio Alcalde del Río, Teodosio Herrera, Rafael Velarde y cuantos formaron la comisión en 1954 de entregar los restos de la fundadora de este solar a la Iglesia de la Asunción después de estar custodiados desde el inicio de la guerra civil en la Escuela de Artes y Oficios.  

Finalmente señaló que sentía, al igual que el editor, que muchas personas se quedaran sin el libro, pero espero que este problema inesperado se solucione cuanto antes.

 

INTERVENCIÓN DE JOSÉ RAMÓN SAIZ.

28 DE ENERO DE 2020.

 

Queridos amigos y amigas:

Nos reunimos hoy para rememorar un acontecimiento importante para la hoy ciudad de Torrelavega que hace 125 años era Villa.

Permitidme, por ello, que les agradezca su asistencia para dedicar unos minutos a mirar un poco a la historia de la ciudad. 

Mis gracias también para Pedro Crespo de Lara que una vez más, a petición mía, ha querido estar en este acto, el primero que protagoniza en Torrelavega como Académico de número de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación que viene a coronar sus éxitos como jurista y escritor.

Y, gracias, finalmente, al director del Instituto Marqués de Santillana, José Nicasio Gutiérrez, por cedernos este salon de actos que lleva el nombre de un ilustre director  del centro: Clemente González Odriozola. Como antiguo alumno del diurno y del nocturno, me resisto a celebrar este tipo de actos en otros escenarios, sencillamente, porque este es el de mi juventud como estudiante de bachillerato en los años sesenta.

EL 29 de enero de 1895 la ciudad de Torrelavega fue elevada a Ciudad por el aumento de su industria y población, aunque como Villa, aceptando a Leonor de la Vega como fundadora, sus orígenes se remontan al siglo XIV- un tiempo en el que ha ido creciendo y  adecuándose a las nuevas necesidades y modos de vida.

Torrelavega estrenó el siglo XX con 7.777 habitantes, en 1976 superó los 50.000; en 1991 se situó por encima de los sesenta mil, mientras que en el año que acaba no superará los 52.000 habitantes.

La Torrelavega que ahora cumple 125 años como Ciudad, es muy diferente de aquella Torrelavega que se endomingaba para la misa de once de don Ceferino; la ciudad de los teatros en los que podía asistirse a un drama de Echegaray o a una comedia de Benavente o la diligencia que paraba enfrente de Casa Tiburcio, que anunciaba sus menús de peseta en El Impulsor.

Torrelavega amaneció en aquellos días con ese escepticismo de los pueblos inteligentes y la sospecha de aquellos comerciantes de finales del siglo XIX, pensando que el título podría traer consigo una elevación de los impuestos, mientras que el Consistorio  –entonces presidido por un prestigioso médico, Gregorio Martin Blanco- fue convocado a pleno que no pudo celebrarse por falta del quórum necesario a efectos de legalidad.

Eran otros tiempos en los que la política se entendía de otra manera.  Los reuniones de la Corporacion se celebraban los sábados, a las tres de la tarde, en el segundo piso de la sede municipal, entonces en la Plaza Baldomero Iglesias  o de los Granos.

La elevación a Ciudad no significó ningún privilegio especial para Torrelavega y los torrelaveguenses, pero ratificaba el crecimiento de la entonces villa en sus múltiples manifestaciones productivas: el comercio, la industria y la ganadería, todo ello alcanzado tanto por el trabajo y sacrificio de sus habitantes como por su ubicación geográfica de "cruce de caminos".

Si nos preguntamos como fue recibida la noticia en la villa, la descripción del historiador Pablo del Río nos evoca el acontecimiento:

"Los talleres artesanos y las tiendas abrieron sus puertas a la hora habitual; las caballerías y carros para la labranza dejaron las mismas huellas en los caminos hacia las cercanas mieses, y el grupo obrero madrugó como de costumbre para atender sus puestos de trabajo en las minas de Reocín"

Cuando se alcanzó el título de Ciudad, las necesidades de la población eran muchas si tenemos en cuenta que el alcalde Martín Blanco dispuso de una partida presupuestaria para adquirir raciones de pan a distribuir entre las familias necesitadas “dada la falta de trabajo, la crudeza del tiempo y la miseria”.  Existía, además, la necesidad acuciante de mejorar la salubridad pública y evitar así enfermedades.Faltaban diez años para que la nueva ciudad contara con una traída de aguas potable.

En el discurrir de estos 125 años no han faltado etapas de sufrimiento, adversidad, éxitos, desarrollismo, crisis, paro e incertidumbres. La última gran tragedia la vivimos hace sesenta años cuando la rotura del dique de La Luciana provocó 18 muertos en una noche de destrucción y desolación. Seis décadas en las que nadie, ni la empresa, ni sus accionistas importantes, han pedido perdón por la irresponsabilidad de acumular miles de toneladas de estériles en una zona donde vivían modestas familias con sus hijos y padres.

Desde 1895, todo o casi todo ha cambiado, pues los teatros y los cines han sido derrotados por las nuevas tecnologías, las diligencias quedan en el recuerdo, la actividad ciudadana o las sirenas ya más débiles o anuladas para siempre de las grandes fábricas se suman al débil sonar de las campanas de las iglesias y El Cántabro o el romántico Café Sport desaparecieron porque empujaban las barras americanas y los pub.

Pero no es posible detener el reloj de la historia como tampoco podemos olvidar que “la Historia es la obra viva de los hombres muertos” y que de aquellos antepasados ha sido posible recibir el legado de una ciudad que sigue sobreviviendo a pesar de las dificultades.   

Villa dinámica y bulliciosa, además de activa, hermosa y culta, como la describió  José María Cañas, Torrelavega consolidó su liderazgo en el siglo XX con una fulgurante progresión cuando nos visitaban Rafael Alberti, Miguel de Unamuno, Jesús Cancio, Gerardo Diego, José del Río Sainz,  Víctor de la Serna y José María de Cossío para protagonizar  actos   culturales y sociales.

Confieso que cuando a lo largo de muchas lecturas nos hemos encontrado con el nombre de Torrelavega en libros, artículos  o poemas de escritores reconocidos, hemos sentido una especie de vanidad colectiva; un tanto pueblerina si quieren. Nuestro amor por las cosas del pueblo, por mínimas que estas sean, sacuden y hacen vibrar nuestro corazón, transformándose en un eco que nos gustaría que se extendiera por todas partes.

Es, por ello, por lo que volteamos algunas de estas citas literarias con las campanas que anuncian el 125 aniversario del título de ciudad en cuyo elogio se ponderan sus tradiciones, signos de supervivencia más duraderos que las chimeneas de nuestras fábricas en declive desde hace años.

En esta antología literaria sobre la ciudad, comenzamos por José María de Pereda que en su obra Al primer Vuelo (1891) ya dio el nombre de Villavieja a Torrelavega.

En aquel antiguo solar de La Vega y de los Lassos, descubrimos a esos antepasados nuestros que se afanaban en días de mercados, los jueves, con las señoras y las zagalas revolviendo los retales en las tiendas de los pasiegos, y con sus mejores galas recibía a centenares de forasteros, acogiendo a los hidalgos e indianos en el Casino, al pueblo llano en las tabernas y a las tertulias de intelectuales en las reboticas. 

De Marianela de Benito Pérez Galdós nos quedó el nombre de Villamojada. No le defraudó cuando en septiembre de 1917, el autor de Marianela realizó su última visita a Torrelavega y a los parajes de Cartes (el Socartes de su novela) en los que se inspiró.  Como deseando la climatología hacer una gracia al escritor canario, durante su estancia en la ciudad la lluvia cayó "con una horrible torquedad, ensanchando sus charcas”.

Este ambiente mojado de Torrelavega quedó para el recuerdo de cuantos le acompañaron, entre otros los hermanos Álvarez Quintero que con la actriz Margarita Xirgú participaron en el estreno de Marianela en el desaparecido y añorado Teatro Principal.

Otro brillante poeta y periodista, José del Río Sainz, Pick, un día de 1928 inició su columna diaria de La Voz de Cantabria con estos renglones: “En este domingo de Torrelavega, los dos motivos montañeses, el pintoresco y el emocional, se dan plenamente: hay feria y hay lluvia”.

Y a continuación nos ofrece el poeta y escritor una bella página de la feria y de sus tratantes, que forma parte ya de un laboratorio de nostalgias, que el escritor César González Ruano construyó parte de su ambiente con este relato:  “El ferial de La Llama queda estrecho, ahogado entre casas, pero es uno de los espectáculos más insólitos del mundo. La gente sortea las cabezas de las vacas, acaricia su lomo, hace pasear su viviente mercancía. Para mi Torrelavega será ya siempre en la memoria su feria de ganado”. 

Gerardo Diego también cantó a Torrelavega en su entrañable libro “Mi Santander, mi cuna, mi palabra”, con un poema del que no nos resistimos a transcribir los cuatro últimos versos: Si en Santander no naciera/orillas de mi bahía/Torrelavega del campo/por cuna te elegiría.

La misma belleza de la palabra con la que se expresó Jesús Cancio en su obra  Bronces de mi costa, que en su canto a Torrelavega se refiere a “la esbeltez de la Torre solariega/que Garcilaso en ella levantara” para terminar, entre emociones, con esta descripción: “Torrelavega amada/Ciudad encantadora y encantada…/”.

A estas referencias, podemos añadir algunas más, en concreto de Víctor de la Serna y Espina que con su seudónimo de Juan Pérez, nos dejó este bellísimo artículo sobre el nombre de Torre La Vega:

“No afirmo que Torrelavega sea el pueblo más bonito del mundo, lo que sí afirmo con la gallardía de un reto es que no hay otro pueblo en España que tenga el nombre más bello y más sugestivo. Se nos dirá que existe un Menas?Albas y un Madrigal de las Altas Torres y un Medina del Campo y un Belvis de Monroy. El primero suena a nombre de erudito; el segundo, a pesar de haber nacido en él la Reina Católica, tiene nombre de pueblo de comedia de los Quintero; Medina del Campo es mixto de nombre árabe, y el último, es un nombre totalmente francés”.

Pero no siempre se exhaltaron las bellezas del lugar. En una ocasión, en 1927, el Conde de Güell dedicó a la ciudad unos párrafos que provocaron una reacción de rechazo y protesta cuyos ecos llegaron, incluso, a la Presidencia del Consejo de Ministros. Más o menos esto escribió el aristócrata: “La villa de Torrelavega tiene una vega y tiene una torre; pero no tiene nada de bella… Siendo tan poco poética la razón de su existencia ?un mercado? es justo que Torrelavega sea vulgar... Así es Torrelavega de feo”. No es de extrañar que el sentimiento y amor propio de los torrelaveguenses se sintiera herido.

Si bien no pasó a la historia como buen literato el aristócrata Conde de Güell, aunque si por vividor por sus signos externos, otro escritor, este de verdad, Camilo José Cela, Premio Nobel de Literatura, hizo pasear a su personaje por nuestra ciudad y en uno de los libros de viaje  Del Miño al Biadosa, el universal autor escribió estos sabrosos comentarios sobre su breve estancia en ella:

Con aires de ciudad de buena planta, limpia y dada a la industria y al señorío, Torrelavega sobre el río Besaya es villa solemne”.

El punto y seguido, nunca final, de esta Antología literaria sobre Torrelavega se cierra con unas líneas del Romance Viejo que Gerardo Diego dedicó a su amigo el alcalde republicano Pedro Lorenzo: “La Vega tiene una torre/y esa torre cual sería,/Torrelavega de torres/y solares de hidalguía,/Quietas te estás en tu centro/Y más ancha cada día/Desde las hoces al mar/La Vega todo es poesía”.

Se dirá con razón que no es menester  hablar tanto de pasado y si de futuro, sobre todo en las circunstancias que vivimos y afrontamos.  

A quien corresponda, decimos que constatamos que hay una Torrelavega inhóspita al talento, cuando necesitamos ingenio, agudeza, capacidad e iniciativa.  Nuestra ciudad necesita más que nunca a los inquietos, los inconformistas y a los valientes que emprenden desde aquí iniciativas arriesgadas.

Amigos y amigas:

Termino con el agradecimiento y la satisfacción de que hayáis podido asistir a este acto de cultura e historia. No puedo olvidar a decenas de nobles amigos y amigas que en estos años nos han dejado y ya no están entre nosotros. 

Cuando observo antiguas fotos con actos muy parecidos a este, veo muchas caras que ya no están en nuestras vidas, aunque si en el recuerdo. Caras próximas, de nuestras familias, aunque algunos tengamos la suerte, como es mi caso, de que mi madre esté presente en este acto ya cerca de los noventa años.    

Para todos y todas mi recuerdo más entrañable: a mi primer maestro, a los profesores de este centro que ya han fallecido; a todos los que trabajaron codo con codo por la grandeza de esta ciudad,  a cuantos se sienten Hijos e Hijas de la Virgen Grande manifestando su identidad con este viejo solar. 

A la hora de esta reflexión final, quiero expresar en nombre de todos, seguro, el agradecimiento cívico sobre un hecho que podemos decir funciona eficazmente en nuestra ciudad en este 125 aniversario: La Asociación Española contra el Cáncer, ejemplo de buen hacer, de positivismo y solidaridad.

Y. finalmente, me permitirán que personalice tanto recuerdo, afecto y cariño, en mi cuñada, María Covadonga Quintial Calle, a la que dedico este libro según dejo constancia en sus créditos, fallecida hace varias semanas y que como torrelaveguense tuvo la inmensa fortuna de nacer un 15 de agosto, el día de la Patrona, cuando volteaban, llamando a misa mayor, las campanas de la iglesia de la Asunción. Su recuerdo, evocado en la despedida que le ofrecimos, sirve para que tengamos siempre presente este ideal de vida y de amor, en palabras del poeta universal Pablo Neruda:

Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida”.

Amigos, amigas, muchas gracias.