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Turismo y políticas turìsticas

La mitad del gobierno, frente a la otra mitad, debe de estar celebrando la postura británica porque ayudará fehacientemente y en muy poco tiempo a causar un destrozo probablemente irrecuperable al turismo español.

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29-07-2020

En plena pandemia del Covid-19 y después de tres meses de confinamiento y uno más de esto que los poderes públicos han dado en llamar nueva normalidad, viene ahora el Reino Unido -la pérfida Albión-, y dice a sus súbditos que no viajen a España porque nuestros indicadores sanitarios son inquietantes y no constituyen precisamente un prodigio de transparencia y fiabilidad. ¡Lo que nos faltaba para iniciar la recuperación desde el último puesto de salida de nuestros hermanos de la UE! Porque el turismo español (no lo olvidemos, casi un cuarto del total de nuestro Producto Interior Bruto, PIB), va a completar el peor año de su historia desde que, por los años 60 del siglo pasado, Cristina y Los Stop cantaran aquello de “el turista 1.999.999, cuando llegó, se lamentó por no haber sido el turista 2.000.000…”.

Cosas aquellas que el NODO se encargaba de magnificar a través de la política turística que capitaneaba el carpetovetónico ministro del ramo, don Manuel (Fraga, para más detalles), el mismo que unos años después acuñó la frase de que “la calle es mía” cuando ocupó la cartera de Interior.

Uno pensaba entonces que iba a ser muy difícil que algún otro colega de las sucesivas mesas del Consejo de Ministros pudiera llegar a arrebatar al ilustre gallego el cetro de haber enunciado una boutade de tamaño calibre. Craso error porque varias décadas después el trofeo iba a ir a parar a otras manos –en plena pandemia y con el desastre económico pendiendo de las cabezas de todos los españoles-, las de Alberto Garzón, ministro de Consumo del gobierno Sánchez, que proclamaba a bombo y platillo que el del turismo es un sector “estacional y precario “, con el consiguiente cabreo de varios de sus compañeros de Moncloa, encabezados por la ministra de Industria, Turismo y Comercio, Reyes Maroto.

Y no era extraño que, acto seguido, le faltara tiempo a Juan Molas, presidente de la Mesa del Turismo, para decir públicamente que era inconcebible que “un ministro de España se pronuncie con tanto desprecio sobre un sector que lidera el ranking mundial de competitividad” y que debiera dimitir inmediatamente. Pues no, ni dimitió ni, probablemente, dimitirá nunca.

No creo tampoco que sorprenda mucho al gobierno español que el Reino Unido desaconseje viajar a España a sus ciudadanos porque, en el peor de los casos, lo único que va a propiciar ese gesto es acelerar el proceso de destrucción de uno de los principales sectores generadores de riqueza, empleo y estabilidad de España que, a fin de cuentas, es lo que, con afirmaciones como esas, parecía perseguir Garzón con la aquiescencia de varios ministros más de Unidas Podemos sentados con él en la mesa del Consejo de Ministros.

Hoy en la Moncloa, la mitad del gobierno, frente a la otra mitad, debe de estar celebrando la postura británica porque ayudará fehacientemente y en muy poco tiempo a causar un destrozo probablemente irrecuperable al turismo español. Vamos a ver cómo las nuevas políticas turísticas levantan ahora el sector para que pueda abandonar esa hipotética precariedad y cómo posibilitan su desestacionalidad. Y, más urgente aún, cómo sacan de las listas del paro a cientos de miles de trabajadores que, irremediablemente, a la vuelta del verano van a pasar a engrosar las listas del desempleo.