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Gentes cántabras que bien merecen un recuerdo

Ángeles fue la enfermera de todo el pueblo por amor al prójimo, y la que por el mismo motivo amortajó a todos los muertos. Si un crío carecía de apetito, le curaba ella con infusiones de ajenjos.

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06-04-2021
ÁNGELES Y FAUSTO

No tuvieron descendientes, y es casi seguro que más de la mitad de los habitantes de Caviedes, ya no los recuerden. Pero fueron gente que bien merecen un recuerdo, y por ello…

Fausto pasó su juventud trabajando como camarero en el trasatlántico Cristóbal Colon, hasta que en plena guerra civil española, el buque embarrancó en un arrecife cerca de Islas Bermudas, y tras muchas vicisitudes, rodando por Inglaterra y de allí al puerto francés de El Havre, consiguió llegar a casa, y se dedicó a partir de entonces, como toda la gente del pueblo, al campo y la ganadería.

Pero en su persona había quedado como cuño imborrable la experiencia del trato con personas de mundo, y el conocimiento de tierras tan lejanas en el tiempo como Cuba, México e incluso Nueva York. No hay que olvidar que las distancias entre países, y más aún entre continentes, no eran los kilómetros lo que importaba entonces, sino el tiempo empleado para llegar a los destinos. Pues lo que hoy contamos en horas viajando en avión, se contaba entonces en decenas de días, e incluso en meses, dependiendo del buque en que se viajara.

Mi más viejo recuerdo de Fausto fue su dentadura postiza, sin duda la primera que hubo en Caviedes. Seis, o puede que siete años tuviera yo, y me encantaba que mi padrino me sentara sobre sus rodillas, porque sabía que a continuación llegaba un espectáculo increíble: “Quítate los dientes”. Y con un movimiento de mandíbula, me los mostraba sobre la lengua. Eran los dientes postizos los que le mantenían la juventud en el rostro. El resto de personas mayores tenía los labios hundidos, y al sonreír mostraban un túnel oscuro, donde a lo sumo hacían centinela a la puerta uno o dos dientes largos y amarillos de raíces descarnadas…

Fue el matarife de los cerdos de medio pueblo, por lo que no era extraño que a partir del mes de diciembre y hasta casi llegar los primeros días de marzo, pudieras encontrarle en cualquier calleja del pueblo con un cordel, un cuchillo largo y puntiagudo bien afilado y un gancho de acero entre las manos. Eran los elementos imprescindibles para el inicio de todo matacillo, fuente de nutrientes y alimento que no faltaba en ninguna casa.

Ángeles, su mujer, subió de rodillas desde su casa en la Cotera hasta la ermita de San Antonio en el Monte Corona, en cumplimiento de la promesa que hizo al santo, si su marido regresaba con bien a casa, durante los meses que estuvo sin noticias de Fausto cuando el barco embarrancó durante la guerra.

Ángeles fue la enfermera de todo el pueblo por amor al prójimo, y la que por el mismo motivo amortajó a todos los muertos. Si un crío carecía de apetito, le curaba ella con infusiones de ajenjos, la cosa más amarga que puedas imaginar. Si en cualquier gallinero del pueblo le palidecía la cresta a alguna gallina, y se encogía mientras se le inflaban las plumas como tiritando de frío, Ángeles la cogía, le ataba las patas y las alas, le abría con una navaja la piel, le abría el buche hasta dejar al aire la molilla, lavaba cuanta comida hubiera en ella, cosía todo con hilo gordo, y a la semana siguiente la gallina estaba poniendo huevos gordos y rojos, que era una delicia “mugar con un cachu torta de maíz”.
Ángeles se curaba a sí misma de sus accesos reumáticos de la forma más sencilla: Al irse a dormir por las noches, ponía sobre la sábana bajera un montón de ortigas, se desnudaba completamente, se acostaba a dormir sobre ellas. Decía que era tal la reacción de la sangre, que al día siguiente se levantaba como nueva, y en un par de meses no tenía que repetir la operación.

Ángeles puso todas las inyecciones que hizo falta poner a jóvenes y viejos del pueblo durante varias generaciones. Conservaba agujas y jeringuillas dentro de una caja de hojalata oxidada por todos los ángulos, pero eso sí: antes de pinchar al enfermo, lo hervía todo en un cazucu de agua. Y después, para que no quedara agua ni en la jeringuilla ni en las agujas, lo soplaba con todas sus fuerzas. Estoy seguro de que la saliva de Ángeles fue el mejor profiláctico del mundo, porque aunque parezca increíble, jamás se infectó una inyección de las que ella puso…

Relato de Jesús González González (Caviedes, 1931 - Santander, 2020).