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Julio Alonso Arce, in memoriam

En mi libro sobre los Cien Años de la Iglesia de la Asunción (2001) que realicé a instancias del impresor Pepe Quinzaños, figura modestamente, como él deseaba, entre personas que al cuidado del templo

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Julio Alonso Arce, in memoriam
16-01-2021
Imágen: a la derecha, Julio Alonso, acompañado por Joaquín Santiago.

LA MUERTE DE JULIO ALONSO ARCE, UNA PERSONA EJEMPLARMENTE BUENA

Ha muerto sin llamar la atención en la víspera de la Nochevieja, una persona excepcional sobre la que es necesario escribir unas líneas que bien merece por sus valores humanos y profesionales. Otro torrelaveguense de los de verdad, Justo Echevarría Laguillo, siempre me habló de su ética personal y su pasión por la justicia auténtica. Le conocía muy bien ya que compartieron trabajo en tiempos difíciles de Talleres Obregón.

Julio Alonso llevaba un tiempo enfermo y acudía a la iglesia de la Virgen Grande todos los días, no faltando a los funerales en cuyos oficios coincidía con él. La última vez que nos vimos fue hace más o menos un mes y acudí a saludarle, pero debo confesar que no me reconoció. Estaba a punto de cumplir los 90 años.

Es posible que por su sencillez y humildad algunas personas no le hayan conocido en profundidad. Le recuerdo en tiempos del párroco Cristóbal Mirones en la iglesia de la Asunción donde realizaba, con otros compañeros, las funciones más o menos de sacristán, pero tiempo antes, con Teodosio Herrera, había ejercido de presidente de Acción Católica. También estuvo con Juan José Caldevilla y Ángel Mantilla, que recuerde y unos meses con el actual párroco Juan Carlos Rodríguez del Pozo. Eran tiempos de la voz poderosa del recordado coralista Rafael Cangas Ahedo, que no hace mucho también nos dijo adiós.

En mi libro sobre los Cien Años de la Iglesia de la Asunción (2001) que realicé a instancias del impresor Pepe Quinzaños, figura modestamente, como él deseaba, entre personas que al cuidado del templo, le quisieron: Julio Abascal Llata, Lolita y Laura Rodríguez Rodríguez, Finuca Diaz García, Luis Rodríguez Gómez, Pedro Gutiérrez Varona, Juan Benigno González y Julián Martín Bello.

Julio Alonso, al que sus íntimos llamaban Uco, era una persona de pocas palabras (la sencillez y la discreción guiaron siempre su vida) pero cuando daba voz a alguna de las lecturas del ritual católico penetraba con una fe que en su persona se desbordaba. Nieto de Casto Arce Echevarría, uno de los pioneros de la industrialización torrelaveguense, su madre María Arce le inculcó valores que definieron su vida.

Trabajó en Talleres Obregón bastante tiempo, desde que en los inicios de los cincuenta terminó los estudios de perito industrial, hasta que pasó a Landaluce, donde estuvo unos años, ya en la década de los sesenta. En septiembre de 1967, Julio Alonso se trasladó con la familia a vivir a Santander, al pasar a trabajar en Talleres Cervera. Años después retornó a Torrelavega, aportando sus conocimientos técnicos en Germán Marcos y nuevamente en Talleres Obregón.

Pero de Julio Alonso quiero escribir sobre su presencia en el mundo del trabajo, probablemente muy cerca del sindicato católico de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC). En su vida profesional de técnico, siempre quiso para los demás la cualificación, objetivo en el que perseveró durante su vida laboral y en la práctica con la fundación en 1961 de la Academia AlSan, en la que impartía clases de dibujo y delineación, entre otras técnicas, con otra persona de valores como Joaquín Santiago Gutiérrez, delineante de Sniace, con quien comparto una vocación literaria. Joaquín Santiago el próximo mes de mayo cumple 90 años, siendo merecedor de nuestro elogio.

En AlSan, Julio tuvo la oportunidad de cumplir ese compromiso cívico que siempre añoró: ayudar a cuantos lo precisaran para su promoción personal a través de la cualificación. Nada menos que doscientos alumnos pasaron por ella con el fin de alcanzar una completa formación profesional. de aprendices a maestros de talleres, fresadores, caldereros, torneros, ajustadores… incluso de AlSan salieron peritos y delineantes, además de empresarios que montaron sus pequeños talleres de tanta importancia en un tiempo -aquellos años sesenta- de gran industrialización en Torrelavega y comarca.

Una academia técnica que comenzó gracias a la cesión de un piso por Luis Pando en la Plaza Mayor, para pasar posteriormente a la calle Joaquín Hoyos en una propiedad de un familiar de Julio situada en el mismo edificio en el que ensayaba la Coral. Gracias a la feliz iniciativa de Julio y Santiago, esta academia técnica representó una avanzadilla significativa de las que después fueron Escuelas de Maestría en las que tantos aprendices se formaron para crear una mano de obra cualificada.

Todos coinciden en señalar que Julio fue una persona de compromiso y de apoyo a las demandas sociales y laborales. Lo demostró en un tiempo complicado de Talleres Obregón y en otras ocupaciones profesionales que desarrolló. Fue siempre una persona en la que confiar.

Terminada su vida laboral, siguió con la de su fe cristiana. Pero los años, como a todos, le hicieron mella y dejó de acudir a la iglesia de la Asunción que estaba algo lejos de su casa en los primeros números de la calle Julián Ceballos. Seguro que estaba a gusto con el mensaje social y cristiano de los años del párroco Cristóbal Mirones y los continuadores de su obra. Desde entonces, comenzó a acudir a la de la Virgen Grande. Fue siempre un hombre de Iglesia, de trabajo y de honrado compañerismo.

He tardado unos días en dedicar estas líneas de justicia en memoria y recuerdo de Julio Alonso Arce. Busqué una imagen rastreando lo que nadie sabe. Pero la tarea fue inútil. Sin embargo, puedo aportar unas fotos gracias a la colaboración de su hija Mercedes, que ha comprobado, en efecto, que salvo de su juventud apenas existen otras imágenes a pesar de su protagonismo, nunca deseado, en labores parroquiales. También Joaquín Santiago aportó el recuerdo gráfico de la colaboración de ambos en la academia AlSan. Pude hacerle alguna en estos últimos meses cuando coincidía con él, pero rehusé hacerlo porque sabía de antemano su sincera vocación por la discreción. Y respeté esa forma de ser.

Conociéndole –y nadie mejor que su amigo del alma Paco Estévez- estoy seguro que Julio se sentiría incómodo si tuviese la oportunidad de compartir estas reflexiones que salen de mi pluma hasta que elabore una biografía más completa y reposada. Miraba más alto.