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Identidad con Llanes y Luz de Liébana

Todos los años he ido en tren ida y vuelta, en esta ocasión sólo ida porque desde hace un mes se ha suprimido el tren de la tarde que salía de Oviedo sobre las 14,30 horas. Es decir, un servicio público menos que nos deja aislados

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11-07-2020
HACE SEIS O SIETE AÑOS decidí pasar un día de verano en Llanes, localidad veraniega de la comunidad vecina, con fuerte raíces históricas con Santander, Torrelavega y, en general, la parte de nuestro territorio perteneciente a Val de San Vicente, San Vicente de la Barquera y Liébana. Ayer, en la villa llanisca, fue un día de lluvia y cierto frío propio del norte, lo que contrastaba con sus calles por las que paseaban muchos vecinos y turistas. Todos los años he ido en tren ida y vuelta, en esta ocasión sólo ida porque desde hace un mes se ha suprimido el tren de la tarde que salía de Oviedo sobre las 14,30 horas. Es decir, un servicio público menos que nos deja aislados, tanto a Llanes como a Unquera, principalmente.
 
Salí a las 9,37 horas y a las 11,21 horas estaba en Llanes, por 2,60 euros con tarjeta dorada para los jubilados; antes ida y vuelta venía a ser poco más de cinco euros. El regreso se hacía hasta este año a las 18,20 horas llegando a Torrelavega a las 20 horas y media hora después a Santander. Es decir, conste mi protesta como la de otras muchas personas, por esta supresión de trenes que aleja (desde luego no acerca) a Cantabria y Asturias, si bien el trayecto por tren no baja de 4,30 horas y en coche se puede hacer en poco más de hora y media.
 
En Llanes con amigos de la vieja escuela de Cartes de don Demetrio, nuestro maestro, pasamos siempre una jornada de afecto y entrañable amistad. Ayer almorzamos en Casa Canene, pero se puede hacer en otros muchos restaurantes, que son abundantes y todos buenos con menú.
 
Hay dos cuestiones que siempre cumplo en Llanes: visitar la estatua de José Posada Herrera, llanisco, con calle en Torrelavega donde fue diputado y con este acta por la entonces Villa llegó a Presidente del Congreso de los Diputados, siendo después Presidente del Consejo de Ministros. Posada estaba muy ligado a familias poderosas de Torrelavega ya que se casó con una aristócrata del vecino municipio de Miengo.
Otra visita obligada era a la imprenta de los Maya donde se tirada El Oriente de Asturias, una publicaciòn desaparecida hace tres o cuatro años que comenzó a editarse en 1860 aproximadamente. La desaparición de El Oriente de Asturias ha dejado el decanato a Luz de Liébana que cumple este año seis décadas desde que se fundara por el legendario sacerdote Ambrosio Cuesta Lerín en 1960.
En fin, que recomiendo este viaje al tiempo que reivindico ante Fomento que se restableza el tren de la tarde Santander-Oviedo-Santander que permitía cogerle a las 18,20 horas, después de unas horas completas en Llanes.
 
Para analizar la identidad con Llanes, os dejo la lectura de un artículo que publiqué en El Mundo-Cantabria hace unos años.
 
LLANES Y TORRELAVEGA, UNA IDENTIDAD
 
Aprovechando las vacaciones estivales opté hace algunos días pasar unas horas en Llanes, pero llegando por ferrocarril que se inauguró en 1905 con el enlace de la villa llanisca a Cabezón de la Sal, diez años después de la inauguración del tramo ferroviario que unió Santander con Torrelavega. Cuando tanto hablamos, escribimos y debatimos sobre infraestructuras, parece aconsejable ver el estado de las existentes y, en este caso, observar si mantienen un nivel competitivo o no. Abordé en Torrelavega el tren de dos unidades a las 9,40 horas, llegando a Llanes a las 11,13 horas, por un importe algo inferior a los diez euros para el viaje de ida y vuelta.
 
Antes de abordar algunos detalles, quisiera recordar algunos personajes que intervinieron en la necesidad de construir este ferrocarril hacia Asturias. El primero, el periodista Antonio María Coll y Puig, republicano federalista que dirigió durante casi un cuarto de siglo La Voz Montañesa, quien publicó un folleto de propaganda a favor del proyecto de unir por ferrocarril Asturias y Cantabria. Coll y Puig, que tuvo como jefe de redacción al carismático José Estrañi, no encontró el apoyo de la prensa ovetense y, por otra parte, el capital necesario para tan magna empresa se mostró retraído. Falleció en 1894, cuando se ultimaban las obras del ferrocarril Santander-Torrelavega-Cabezón de la Sal.
 
Importante protagonismo alcanzaron en su etapa de estudiantes de derecho en la Universidad Literaria de Oviedo los hermanos Manuel y Buenaventura Rodríguez Parets. Nacidos en Cienfuegos (Cuba), gracias a la buena posición económica de su padre Genaro Rodríguez Mier, natural de Puente San Miguel, estudiaron en los Escolapios de Villacarriedo para seguir, posteriormente, la licenciatura de derecho en Oviedo. Los hermanos Parets fundaron con elementos asturianistas el periódico El Ferrocarril (1882), modesta publicación que impulsó la idea de unir por los caminos de hierro las dos provincias, excitando a los capitalistas a invertir sus dineros en esta magna operación.
 
La historia del ferrocarril del Cantábrico nos permite conocer otra biografía importante como la de Gumersindo Laverde Ruiz, un cántabro de Estrada (Val de San Vicente) - montañés de las dos Asturias como le definió José María de Cossio- que hace ya siglo y medio entendió por donde debía discurrir la vida de cántabros y astures. Fue un defensor a ultranza de la construcción del ferrocarril, polemizando con los detractores de esta obra, que los hubo y poderosos, a través de sus artículos en La Abeja Montañesa. Promotor del Gran Almanaque de las Dos Asturias (1865), Laverde defendió sin medias tintas y como idea ambiciosa de aquel tiempo, la unión de Asturias y Cantabria “como hermanas gemelas” matizando esta propuesta así: “la unión a la que aspiramos no ha de ser tal que una quede absorbida por la otra, sino de modo que, respetando el ser actual de ambas –a semejanza de la existente entre las provincias vascongadas- las enlace mediante relaciones superiores en todas las esferas de la vida”.
 
La inauguración de los viajes –dos al día en ambas direcciones- entre las dos comunidades una vez que finalizaron las obras entre Llanes y Cabezón de la Sal, se concretó el 20 de julio de 1905 cuando a las 7,45 horas salió el convoy tirado por la máquina Gornazo –engalanada con flores y banderas y evocando los nombres de Pelayo y Velarde- que llegó a Llanes a las once y veinticinco minutos. Cuentan las crónicas que el disparo de cohetes, los entusiastas vivas y los ecos de un pasadoble tocado por la banda llanisca, ensordecían. Una gran multitud se apiñaba en el andén, que esperaba la llegada del tren procedente de Oviedo, cuya máquina venía también engalanada con los escudos de Santander y Oviedo. Durante años, el recorrido entre Santander y Oviedo duraba ocho horas y siete minutos.
 
Si desde 1905 el ferrocarril fue la clave de las comunicaciones entre Asturias y Cantabria y presentaba imágenes de ajetreo y movimiento de pasajeros, ya en este siglo XXI es como un ferrocarril muerto, de una sola vía no electrificada, en cuyo trayecto la vegetación frondosa invade la línea ante la que se abre paso este tren cántabro-astur que apenas lleva viajeros como no sea aquellos que tienen como destino alguna de esas estaciones que se desconocen por todos menos por los interesados. En este trayecto la dos únicas estaciones presentables son las de Cabezón de la Sal y Unquera, en la que se observa cierta actividad en la mejora de sus vías, más por transporte de mercancías que de viajeros. La estación de Llanes, agradable y bien cuidada, se encuentra en el centro de la población.
 
Se puede decir que a lo largo de todo el trayecto el paisaje es una continuidad: los mismos bosques de hayas, robles, castaños y alisos, las mismas praderías y las brañas en los puertos y los mismos Picos de Europa, “el nudo que nos ata” según escribiera Alfonso de la Serna. Y también una historia común ya que desde los tiempos de Pomponio Mela que escribió que la frontera entre astures y cántabros se hallaba en el río Sella, peleamos contra romanos y más tarde contra los árabes, comenzado la pelea en Liébana donde allí estaba Pelayo y su familia.
 
Los torrelaveguenses nos sentimos identificados a los llaniscos a través de los bolos, un comercio bullicioso que ahora es quizá más pujante en la villa asturiana, los mismos colores de la bandera y un personaje ilustre como José Posada Herrera, que ostentó la Presidencia del Consejo de Ministros y emparentó con la familia del ilustre Julián Ceballos Campuzano, como tiene bien probado el historiador José Izaguirre. Su apoyo a los intereses torrelaveguenses tuvieron su recompensa ya que cuando murió en 1885 la Corporación dio su nombre al actual paseo de Torres. En esta identidad entre Llanes y la ciudad de los Garcilasos no se puede pasar por alto que las dos villas mantuvieron durante décadas relaciones comerciales fluidas ya que para los llaniscos se llegaba mucho antes a Torrelavega que a Oviedo. También nos ha unido una mirada a América con los indianos, aunque la villa llanisca sobrepasa en este horizonte de aventura al solar de La Vega.
 
Finalmente, falta este apunte definitivo. El viaje de Torrelavega a Llanes tiene una duración de una hora y treinta y tres minutos para un recorrido que no pasa de los setenta kilómetros. En todo caso, este dato es indicativo: el trayecto de Santander a Oviedo es consumido por este tren astur-cántabro en cuatro horas y media, el tiempo que tarda el Alvia de Torrelavega a Madrid. El día y el viaje, sin embargo, merecieron la pena.
 
Para los amantes de la lectura, dejo también este artículo referido a Llanes y Liébana.
 
DE EL ORIENTE DE ASTURIAS A LA VIGENCIA DE LUZ DE LIÉBANA.
La prensa localista y comarcal representa una seña de identidad que casi siempre se mantiene en base a constancia, sacrificio y aficiones de quienes se implican en mantener antiguas cabeceras de nuestro periodismo. En estas acciones no hay objetivo de lucro personal ni colectivo, sino una cierta pasión por defender el terruño natal y servir a sus intereses. En Cantabria se han perdido con el paso del tiempo cabeceras que van desde El Impulsor -la publicación decana de Torrelavega- a La Ilustración de Castro, pasando por Fontibre, El Asón, El Progreso de Cabezón de la Sal o La Voz de Liébana, también decana en su territorio de influencia. Todas estas fueron cerrando a lo largo del siglo XX, manteniéndose únicamente una publicación que sigue cumpliendo los objetivos de su fundación. Me refiero a Luz de Liébana.
Este artículo parte de un hecho triste como ha significado el cierre de El Oriente de Asturias, editada en Llanes, una población a la que acudo una jornada de verano viajando en el tren asturiano que desde Torrelavega realiza en noventa minutos los sesenta kilómetros de distancia. Llanes siempre tuvo una gran relación con la antigua provincia de Santander y, especialmente, con el comercio de Torrelavega, sobre todo en tiempos en los que para los llaniscos se tardaba menos tiempo en llegar a la ciudad cántabra que a su capital provincial, Oviedo.
 
El Oriente de Asturias de unas veinte páginas tabloides, se editaba en tipografía en la imprenta Maya. Llanes fue siempre una zona de gran tradición periodística y alguna de sus publicaciones se llegó a imprimir en Torrelavega, creo recordar que en la primitiva imprenta de El Impulsor del farmacéutico Juan Francisco López Sánchez. La cabecera histórica de El Oriente de Asturias, fundada en 1868, ha estado casi cien años vinculada a la familia Maya, que han mantenido la tradición hasta que en fechas recientes se vieron obligados a cerrar la publicación. Se podía afirmar que hacían periodismo local con una proyección universal, ya que asturianos -como montañeses y cántabros- hay por todo el mundo. La cabecera, en este sentido, era ilustrativa: un paisanín con la típica montera picona que llegaba a México, Florida, Tejas, la Patagonia, Francia, Bélgica, Alemania, Suiza, Holanda y el Reino Unido para informar de la última romería, de las bodas, bautizos, viajes y defunciones a los miles de llaniscos esparcidos por casi todos los rincones del mundo, lo mismo que logró Luz de Liébana cuando fue creada.
 
Luz de Liébana salió a la calle en 1960 de la mano del recordado Ambrosio Cuesta Lerín, un párroco rural de fina inteligencia natural que puso al servicio de su tierra. Le conocí y traté con frecuencia, y puedo señalar en su honor y recuerdo las dos grandes referencias de su vida: Dios y Liébana. Estas eran sus vocaciones recogidas en sus escritos en la prensa y en cartas personales que guardo con celo. La última que me escribió, ya con noventa años, data de septiembre de 2001, a propósito de un artículo que dediqué a esa eminencia médica que fue Santiago González Encinas, natural de Lomeña. Me confesaba que él ya había escrito un artículo sobre este gran médico –que políticamente fue diputado y senador, además de líder revolucionario en el barrio madrileño de Lavapiés-, carta en la que también me explicó como había surgido Luz de Liébana, que llegó a vender casi tres mil ejemplares y que se enviaba mensualmente a suscriptores repartidos por treinta y cinco provincias españolas, ocho naciones de América, nueve de Europa y hasta en la lejana Australia.
 
Aunque la publicación tuvo como director principal a Florencio de la Lama Bulnes (director de Hoja del Lunes entre 1965-75), fue Ambrosio Cuesta el protagonista más relevante desde los inicios fundacionales, por cuanto la presencia de Lama Bulnes, que arrimaba el hombro desde su compromiso personal con todas las causas a favor de Liébana –lo que le hizo merecedor en 1993 del título de Hijo Adoptivo de Cantabria-, se debió a la necesidad de cubrir un legalismo al imponer la Ley de Prensa que los directores contaran con el correspondiente carnet.
 
La labor de Ambrosio Cuesta fue inmensa en la consolidación de esta cabecera, además de sus múltiples artículos en la prensa que firmaba con el seudónimo Peña Castillo, siempre referidos a la historia, las tradiciones y a las riquezas naturales y espirituales de ese paraíso terrenal, definición de Liébana que debemos a Eduardo García Llorente, natural de Turieno, que triunfó en el comercio en Santander y que lideró durante muchos años la Agrupación Lebaniega de la capital cántabra, otro entusiasta colaborador con los nombres, entre otros, de José María Queimadelos, Angelines Junquera, Piedad Gómez, Josefina Briz, María Rosa González, Tivitas de Celis, Francisco Vilares, Rafael Gutiérrez Barreda (autor de una pequeña obra sobre el habla lebaniega); los sacerdotes Teodomiro Campo y Marcial Martínez; el periodista torrelaveguense José Manuel Siles, la poetisa Matilde Camus y el fotógrafo y con el tiempo director deLiébana Mensual, Nacho Viaje. En aquellos años sesenta, primeros de la publicación, se encargaba de la administración y de la distribución Lola Toca de Gómez, y desde Argentina escribía Hipólito Cuesta. Aparecían otras firmas que eran seudónimos, casi con seguridad del sacerdote-fundador, comenzando con cuatro páginas que pasaron más adelante a ocho y algunos números a dieciséis.
 
Mantener Luz de Liébana fue un gran reto para Ambrosio Cuesta y sus colaboradores. Si primero salió con una proyección religiosa, pronto acogió toda clase de noticias que hermanasen a todos los lebaniegos de dentro y de fuera. Fue, por tanto, una publicación que unió y reafirmó el contacto entre lebaniegos, un ejemplo de prensa comarcal que no debe perderse. En este sentido, fueron reiterados los llamamientos de su inspirador para que Luz de Liébana entrara en todos los hogares lebaniegos ante las dificultades económicas de mantener la misma. Como escribió en una ocasión don Ambrosio, debía ser “el lazo de unión de los lebaniegos de aquende y allende que supere las barreras que enmarcan a Liébana”. De esta idea surgió una de las secciones más populares titulada Viajeros que van y vienen, que era toda una agenda de las personas que al margen de su relevancia social se convertían en noticia.
 
Ambrosio Cuesta asumió de nuevo la dirección en una etapa en la que se había derogado la ley de prensa inspirada por Fraga en el primer impulso aperturista. Su preocupación, entonces, era la continuidad de la cabecera y que siguiera como vínculo de unión de los lebaniegos. Nada de política –afirmaba don Ambrosio- y así cuando se celebraron las primeras elecciones, publicó una nota dirigida a los lectores, anunciando huir “de toda intervención en relación con los partidos políticos no admitiendo publicidad política, aunque ello implique para la revista una merma en el terreno económico”. También afirmaba: “Para Luz de Liébana todos los partidos son buenos, si ponen como meta de sus ideales a España y en esta palabra encerramos los valores del espíritu, la justicia, la paz, el trabajo y el respeto a la persona”; para añadir este apunte de fina sabiduría popular: “No esperemos que nos vengan de fuera para decirnos cómo nos hemos de gobernar; y menos esperemos que nos den -por muchos que nos halaguen- seis pesetas por un duro”.
Tras la etapa de don Ambrosio y su retiro a la residencia de sacerdotes que en Torrelavega impulsó Teodosio Herrera, asumió la dirección Juan José Caldevilla, natural de Pido, pueblo del Camaleño alto. Una etapa reciente en la que tomaron protagonismo el escritor y corresponsal, Pedro Álvarez Fernández y José Redondo, desempeñando María del Carmen Sánchez las labores de administración, siempre desde su vocación personal a que la publicación no desaparezca. Sin duda, Liébana tiene que mantener este tipo de publicaciones para afianzar su identidad y asegurar un vínculo de unión entre lebaniegos, aunque en esta dimensión haya perdido fuerza. Pero el empeño sigue mereciendo la pena.
 
JOSÉ RAMÓN SAIZ FERNÁNDEZ
El Mundo-Cantabria,, 9 de septiembre de 2014