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AURELIO DELGADO, UN AÑO DESPUÉS

Por JOSÉ RAMÓN SAIZ

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Se cumple un año de la muerte de Aurelio Delgado Martín, hecho que me sorprendió y me apenó profundamente durante una estancia en Varsovia. Fue un mazazo, aunque conocía el deterioro de su estado de salud desde hacía meses. Siempre he mantenido que la huella de las personas permanece cuando pasado un tiempo del hecho traumático de la muerte se la recuerda más allá del círculo familiar. Aurelio, el querido y recordado Lito Delgado, fue un abulense que está en la gran historia de la transición española (1976-81), que protagonizó con tanto acierto y servicio a España Adolfo Suárez González. Aurelio Delgado vivió desde la segunda línea los momentos decisivos de la gran operación de abrir España a la libertad en convivencia. Si Adolfo Suárez fue el gran protagonista, personas que estuvieron a su lado –especialmente Carmen Díez de Rivera y Aurelio Delgado-, destacaron en ese trabajo poco reconocido de auxiliar al primer gobernante. Fue, sobre todo Lito Delgado, testigo de todas las circunstancias que dibujaron el ascenso y caída de Suárez después de recuperar las libertades, etapa que concluyó, en parte, con la Constitución de 1978 inspirada en una concordia nacional sin vencedores ni vencidos. No está a discusión que el motor y, al tiempo, freno y acelerador de la gran operación que fue la transición, tiene nombre y apellidos que ya figuran en el reconocimiento de la nación. Pero a su lado trabajaron personas que estuvieron en la sombra realizando cometidos importantes, muchas veces apagando las luces a altas horas de la madrugada, en el que era punto neurálgico de la gran política que se desarrollaba desde la Presidencia del Gobierno. Citar el nombre de Aurelio Delgado representa rememorar muchos de hechos decisivos de la transición: la cumbre militar de septiembre; el camino al referéndum del 15 de diciembre, la detención de Carrillo; la alta tensión por los secuestros de Oriol y Villaescusa y los asesinatos de miembros de las fuerzas de seguridad y los abogados de la calle Atocha. Días de enero de 1977 en los que Madrid seguía casi sin aire para respirar. Recuerdo calles semivacías, madres que no llevaban a sus hijos al colegio, espectáculos solitarios, huidas de sus domicilios de políticos… Unas jornadas de nervios y gran tensión que, una vez superadas y tras la legalización del Partido Comunista, abrieron el camino hacia las elecciones del 15 de junio. Fue el momento en el que un presidente y su Gobierno entraron por derecho propio en la Historia. No existió un guión para solucionar las encrucijadas que un día sí y al siguiente también, se presentaban. Las características eran tan diferentes que cada problema exigía un análisis y soluciones muchas veces arriesgadas. A Adolfo Suárez le correspondía dar salida a los problemas que se presentaban, pero Lito Delgado tenía que realizar posteriormente la labor de cerrar el problema y tejer la costura que exigía la cuestión. No era fácil. Desde el silencio y la lealtad, sin afanes de protagonismo, trabajaba en esas tareas que no trascendían a la ciudadanía pero que se reconocían en la gobernación del país. Vivió Aurelio Delgado las debilidades del presidente con los propios, cuenta atrás de su caída política, estrategia a la que se unieron los intrigantes de turno, políticos con poco chance apeados del coche oficial, envidiosos…toda una gama, en fin, de hijos o aspirantes al poder dispuestos a cargarse (esa es la palabra) al presidente. La campaña no era nueva por parte de aquellos que habían utilizado el “Suárez, no” o quienes le declararon aspirante a “montar el caballo de Pavía” o empleaban pólvora mojada en su intención de descubrir “cuentas extrañas en bancos”, en suma, toda una serie de maniobras que con insistencia se lanzaban a la ciudadanía para sorprender a incautos. Aurelio Delgado fue, además, el principal inspirador de la Asociación para la Defensa de la Transición en su legítimo deseo de que aquella gran operación política se recordase y se valorara en su justa medida con el fin de no caer en errores pasados. Desde esa lealtad a la transición trabajó para llevar a foros de opinión un trabajo y una labor que era necesario reconocer y no solo por las generaciones que directamente nos beneficiamos de sus frutos. En esa línea de trabajo, fue Aurelio Delgado un servidor de España desde el puesto de confianza que recibió de Adolfo Suárez, siendo testigo leal de muchas circunstancias que ahora pueden parecernos una anécdota y, sin embargo, representaron pruebas en las que el país se lo jugaba todo a una carta: o las superábamos o sucumbíamos. Ávila debe mucho a Adolfo Suárez por cuanto su condición de abulense ha permitido que la ciudad y provincia se hayan convertido en principal referencia del artífice de la transición. Lito fue un referente decisivo en que se aprovechara el capital político de concordia y libertad que representó para España el liderazgo de Adolfo Suárez. Desconozco si ha existido la justa correspondencia a su trabajo, aunque a él no le importara ya que en sus ideas y planteamientos la hazaña consistía en haber logrado para España normalizar para siempre nuestra vida en común. Por el bien de todos y del recordado Aurelio Delgado que vivió las penalidades y los éxitos de la transición que le dejaron cicatrices sobre lo que se pudo hacer mejor en un tiempo de incertidumbres y retos, ójala este tren no descarrile. Mirar por unos segundos aquella etapa es volver un poco a la ilusión, a un tiempo de profunda honestidad en la acción de un gobernante que dio siempre prioridad a los intereses de Estado que a los partidistas. Tiempos aquellos de estadistas capaces de abordar problemas con inteligencia y determinación. Winston Churchill, definió lo que es un hombre de Estado: “El político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones”. Entre otras cosas para ser un estadista, se exige visión a futuro y tener la grandeza para concertar grandes acuerdos nacionales aunque sean ideas de otros. Escribo de un ayer un tanto lejano y de un presente de muchos políticos y ningún estadista. He escrito en homenaje del amigo que fue un eficaz servidor de España. *Periodista del diario Pueblo (1976-82). Doctor en Ciencias de la Información. Académico C. de la Real Academia de la Historia.

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