Edita: Cantabria Ediciones On Line 24 horas. Director: José Ramón SAIZ FERNÁNDEZ
Diario Digital controlado por OJD

UCRANIA: EL CALVARIO DE UNA CRUEL OCUPACIÓN

Por GABRIEL ELORRIAGA

Enviar a un amigo

 

Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, definió con exactitud germánica lo que vio en su visita a Ucrania. Era “el rostro cruel de una ocupación”. No era un bombardeo como el de Guernica, ni una hecatombe como las de Hiroshima y Nagasaki. No era el horror destructivo de las guerras. Era el horror de Putin, mando de la KGB hasta 1990, practicando la táctica del terror para someter. La guerra no es un torneo entre caballeros. Es un conflicto armado que se pretende resolver a sangre y fuego entre potencias capaces de matar y destruir. Es una tragedia colectiva en que todos quienes participan pierden vidas y bienes. Pero no todos asumen la misma responsabilidad. Hay agresores y agredidos, quienes defienden su propia tierra y quienes la ocupan ilegítimamente. Como estamos viendo que ocurre en Ucrania que se defiende de las pretensiones imperialistas de un autócrata capaz de comprometer a Rusia en la aventura ruinosa y mortífera de crucificar a Ucrania.

 

En esta, como en todas las guerras, desde que la humanidad se ha agrupado en grandes colectividades diferentes, han existido víctimas en combate y víctimas civiles. Caídos conscientes e inconscientes de un sacrificio heroico y muertos civiles inocentes de la barbarie expansiva de un conflicto a los cuales el destino situó en aquellos lugares donde golpeó el enemigo para aniquilar la resistencia popular. Todos víctimas de esa orgía de sangre y fuego que ha sido siempre la guerra entre pueblos, con ciudades asoladas por el hambre y el fuego, sea con antorchas, con cañones o con bombardeos aéreos o explosiones atómicas, donde unos han muerto con laureles y otros como difuntos anónimos. Los crímenes de guerra se establecieron jurídicamente para condenar las matanzas de personas no armadas en situaciones de indefensión y lugares carentes de importancia bélica. Desde que en las guerras se utilizan armas de destrucción masiva es difícil delimitar hasta donde sus efectos pueden separar la mortalidad de factores activos o pasivos ante ofensivas generalizadas.

Hecha esta reflexión, con ocasión de la guerra contra la agredida Ucrania que nos afecta a todos como europeos, pudimos escuchar al valiente presidente Zelenski pedir la solidaridad de los españoles ante nuestras Cortes Generales -que no se sabe por qué cuesta tanto llamar a la reunión de Congreso y Senado por su nombre si no es por una alergia a llamar a las instituciones por sus denominaciones históricas- y se le escuchó con un rechazo de todos los oyentes a los crímenes de guerra, exacerbado por los asesinatos de Bucha, Hostomel, Irpin, Mariúpol y otras ciudades ucranianas. Estas masacres ignominiosas ni siquiera merecen el nombre de crímenes de guerra sino el de crueles asesinatos de ocupación. No son actos de guerra, ni épicos ni criminales. No merecen ir unidos a tragedias tan tremendas como las de la guerra, porque la guerra es una negra manifestación de la naturaleza humana y estos asesinatos son conductas salvajes e infrahumanas. Estas conductas proceden del estilo de un agresor antes destacado miembro de la KGB, que llegó al poder entre las sombras de los venenos y las deportaciones y que es necesario situarlas en la técnica despiadada del terror como arma política. Los cadáveres de civiles con las manos atadas a la espalda y la marca del tiro en la nuca y esos sótanos siniestros con la sangre seca en el suelo llevan el sello inconfundible de la eliminación implacable del diferente por un fanatismo contrario a la libertad. No es la escenografía de las víctimas militares o civiles de una guerra sino el método previsto para exterminar la diferencia. Es la táctica de la Checa, de Katyn, de Paracuellos del Jarama, del holocausto de las SS, de ETA. No son las víctimas de la guerra sino personas vilmente asesinadas por diferenciarse del opresor y por quizá, permitirse circular en bicicleta por donde no habían sido capaces de circular los invasores blindados tras la chapa de acero de sus carros o por llevar una garrafa de agua para una boca sedienta. El “Terror” moderno, nacido con la guillotina cortacabezas de la Revolución Francesa y continuado sistemáticamente desde entonces por cada nuevo tirano enemigo de la libertad y deseoso de reformar el mundo a la medida de su mentalidad estrecha. Son crueles crímenes de ocupación, ejecutados en retaguardia, vilmente, con armas que no han sido capaces de vencer en la guerra pero sirven como instrumentos de verdugo.

En las Cortes Generales, Zelenski compareció por la pantalla, con riesgo personal, como la auténtica conciencia de un Occidente que despierta de un sueño de pacifismo sin esfuerzo. Los escasos tardocomunistas que circulan entre nosotros se retrataron con gestos anacrónicos de incomodidad. Muy cerca del Congreso de los Diputados reposaba el símbolo pictórico de Guernica en un museo nacional, por voluntad póstuma de su autor, como imagen de la reconciliación de una España unida y restaurada. Días más tarde leeríamos como Putin recuperaba al brutal general Dvornikov para corregir el fracaso inicial de un ejército desmoralizado que no ha conseguido alcanzar un objetivo decisivo en mes y medio de crímenes de guerra y de crueles asesinatos de retaguardia.

Otros artículos: