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UN SANTO PARA FERROL

Por GABRIEL ELORRIAGA

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Ferrol, una ciudad y una ría, con una base naval, grandes astilleros civiles y militares y la regasificadora mejor emplazada para recibir gas líquido de América, tiene cierta apariencia decadente porque su centro rectilíneo, trazado a cartabón por la Ilustración borbónica, se ha quedado incómodo. Sus nobles viviendas de acristaladas galerías no tienen ascensor ni garaje. Sus calles rectas se han quedado como incomparable escenario para los desfiles de la Semana Santa más notable del norte de España. Es más cómodo buscarse una vivienda sin estilo pero con garaje en cualquier municipio colindante por los alrededores. El concepto de Ferrolterra abarca anárquicamente Narón, Neda, Fene, Mugardos, La Graña, una ristra de conurbaciones en torno a un puerto interior y otro exterior que componen un complejo excepcional. Pero el carácter de la ciudad está tocado. Entre San Julián y San Francisco, hace falta un santo contemporáneo que sea una llama que de luz trascendente a sus días.

La persona santificable nació en 1978 y se llama Ignacio Echeverría. Más conocido como el héroe del monopatín. Aquél que encontró la muerte en Londres mientras intentaba salvar vidas humanas que estaban siendo segadas por terroristas. Han pasado cinco años, que es el plazo mínimo que establece la Iglesia Católica para que pueda iniciarse una causa de canonización. Y la causa se ha iniciado. No en Ferrol sino en Las Rozas, la población madrileña donde reside actualmente su familia. Allí aconsejó a la familia iniciar la causa el obispo auxiliar de Madrid Juan Antonio Martínez Camino siguiendo la vía de acceso a la santidad abierta por Roma para consagrar el ofrecimiento de la propia vida por los demás. Se constituyó un grupo de apoyo y se ha creado una asociación aprobada por el cardenal arzobispo de Madrid, Monseñor Carlos Osoro, formado por amigos, parientes y compañeros de trabajo que conocieron la vida anterior de Ignacio Echeverría. También se creó el musical “Skate Hero” que se representó en la plaza cubierta de Leganés y ahora se representará en el Encuentro de Jóvenes en Compostela. Pero, hasta el momento, no hay noticias de Ferrol, donde nació, de la parroquia donde fue bautizado y del obispado de la Diócesis Ferrol-Mondoñedo.


 

Unas circunstancias de improvisación desnortada de la política española permitieron que la ciudad de Ferrol fuese administrada por quienes no la entienden. Los que no saben que su ciudad será lo que sea España. Una ciudad de Estado que no depende de pleitos regionales ni de mareas locales. Ferrol no depende de unas vacas preñadas o unas gallinas ponedoras sino de la posición internacional de España y de su presupuesto de Defensa al que se opone en incrementar una ministra nacida en la ría que parece haber olvidado a los trabajadores de sus astilleros una vez acomodada en el ala más estúpida del Gobierno. Ferrol siempre será lo que sea la política militar, la industria naval, la producción energética y sus industrias auxiliares. Una ciudad azul marino donde recortan sus siluetas grises las fragatas y sus vientres hinchados los buques metaneros. Una ciudad que debe regirse con un tono compenetrable y comprometido con una política de Estado estable. Para ello hace falta definición ideológica y valores morales. De estos valores es ejemplo radiante Ignacio Echeverría. Por ello le convendría a la ciudad sentirse tonificada con la aureola de un joven santo nacido al borde de su incomparable ría.

No debemos considerar preferente la resignación contemplativa como virtud y vía preferente de santidad. La reacción activa en defensa del prójimo es la expresión de un modo de ser que se corresponde a la medida del carácter ferrolano y su tradición. Poner en riesgo la propia vida en beneficio de los demás no solo es un gesto heroico sino la manifestación de una espiritualidad potente que, por azar, encuentra la ocasión de manifestarse sin que exista una predeterminación vocacional hacia el sacrificio generoso. Es el gesto espontáneo de sublime desinterés de un hombre joven con un monopatín como arma. Un luchador nato que vale tanto o más que un anacoreta recogido. Un combatiente por la vida del prójimo al coste de su propia vida. Un santo de nuestros días.

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